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BIOGRAFIA

Catalina la Grande

AUTOR: Eunice Castro | FOTOGRAFÍA: Agencias | FECHA: 2010-11-03
La futura Catalina II de Rusia nació el 21 de abril de 1729 en Stettin, en el antiguo Reino de Prusia, recibiendo los nombres de Sofía Federica Augusta. Su madre, la princesa Johanna Elisabeth Holstein-Gottorp, sintió desilusión al verla, porque deseaba un hijo varón.

La futura Catalina II de Rusia nació el 21 de abril de 1729 en Stettin, en el antiguo Reino de Prusia, recibiendo los nombres de Sofía Federica Augusta. Su madre, la princesa Johanna Elisabeth Holstein-Gottorp, sintió desilusión al verla, porque deseaba un hijo varón.

Johanna había soñado con un matrimonio que la hiciera ascender socialmente por estar emparentada con la casa ducal de Holstein, cuya rama principal podía aspirar a la corona de Suecia. Pero, a los 15 años, tuvo que conformarse con un modesto matrimonio que su familia concertó, sin consultarle, con Cristian Augusto de Anhalt-Zerbst, un príncipe sin fortuna, 27 años mayor que ella.

Cristian Augusto de Anhalt-Zerbst era mayor general en el ejército prusiano y, al nacer Sofía, vivían en un remoto rincón de la provincia. Después, la familia pudo instalarse en el castillo y fuerte de Stettin.

Al año siguiente, Johanna daba a luz a su hijo Guillermo Cristian Federico, sobre el cual volcó el afecto y el orgullo que le negaba a Sofía. En el castillo los niños vivían de acuerdo con su rango social, con gobernantas, preceptores, maestros de música y baile, criados y damas de honor.

Apenas Sofía comenzó a caminar, su madre se apresuró a llevarla a bailes, banquetes o fiestas de disfraces en las casas más importantes de la región para que se desenvolviera en un ambiente de etiqueta. Un día, en una recepción, Sofía se encontró frente al rey Federico I de Prusia. Ella tenía 4 años de edad y se negó a besar el ruedo de la vestimenta real.

-¡El traje es tan corto que no puedo alcanzarlo! -exclamó justificándose.

-¡La niñita es impertinente! -dijo el Rey, molesto.

Johanna decidió que debía combatir la rebeldía de su hija. En sus Memorias, Catalina escribió: "A menudo me reprendían con vigor, y no siempre con justicia".

Johanna era fría con su hija y el padre distante. Sofía solo recibió afecto de su gobernanta Babet Cardel, una joven francesa paciente y tierna con ella, que le enseñó a leer, escribir y hablar francés. Nunca refrenó el espíritu alegre de su alumna, sino que la alentaba a la conversación y celebraba su vivacidad e inteligencia. Ella le hizo leer a Corneille, Racine y Molière.

Según el biógrafo Henri Troyat, autor del libro Catalina la Grande, un pastor luterano se encargaba de iniciar a Sofía en esa religión, pero ella le formulaba preguntas embarazosas: "¿Qué se entiende por circuncisión?". "¿Cómo conciliar la bondad inmensa de Dios con la terrible prueba del Juicio Final?". Malhumorado, él rehusaba responderle y amenazaba con castigarla.

De pequeña, Sofía no era bonita: tenía el mentón afilado y la nariz larga, padeció varias veces de impétigo, y por eso hubo que cortarle los cabellos para eliminar las costras. Pero en ella sobresalían sus grandes y expresivos ojos azules.

A los 7 años, Sofía estuvo grave de una pleuresía y, cuando pudo abandonar la cama, comprobaron que tenía una desviación en la columna vertebral.

"Mi hombro derecho era más alto que el izquierdo; la columna vertebral zigzagueaba, y el lado izquierdo formaba un hueco", escribiría ella.

Los médicos se declararon incompetentes para corregir la deformación y entonces llamaron a un curandero que era el verdugo de Stettin. El temible hombre ordenó:

-Todas las mañanas, a las seis, ha de venir una joven en ayunas y frotará con saliva el hombro de la niña.

El curandero confeccionó para Sofía un torturante corsé que debió usar hasta para dormir, por casi cuatro años.

En 1739, sus padres llevaron a Sofía a una fiesta en Kiel de los primos maternos y la niña de 10 años fue presentada al adolescente Pedro Ulrich de Holstein, nieto de Pedro el Grande, y posible heredero del trono de Rusia. Este era un año mayor que Sofía, pero enfermizo. Ella halló su conversación insulsa.

Para sorpresa de Sofía, a medida que iba desarrollándose, el espejo le revelaba una imagen cada vez más grata. A los 13 años, era una jovencita esbelta, bien proporcionada, de frente alta, bucles castaños y un brillo en la mirada cautivador.

Una tarde, durante una reunión en Brunswick, un hombre que practicaba la quiromancia se atrevió a afirmarle:

-Veo tres coronas en su mano.

Sofía tomó en serio la predicción.

Johanna tenía vínculos con la familia imperial rusa. Ana, la hija mayor de Pedro el Grande, casada con Carlos Federico Holstein-Gottorp, era la madre de Pedro Ulrich. Isabel, la segunda hija del soberano había estado comprometida con Carlos Augusto Holstein-Gottorp, hermano de Johanna, quien enfermó de viruela y murió.

El 6 de diciembre de 1741, mediante un audaz golpe, Isabel se había apoderado del trono ruso.

Destaca Daria Oliver en su biografía Catalina la Grande, que la Emperatriz se preocupó por su sucesión y eligió al único heredero posible: su sobrino Pedro Ulrich. Después de haberlo instruido en la religión ortodoxa, lo hizo abjurar de su fe luterana convirtiéndose en su alteza Pedro Fedorovich. Ahora había que buscarle esposa y una de las princesas que el rey de Prusia le había sugerido a Isabel, era Sofía.

En julio de 1742, el Rey ascendió a mariscal de campo al padre de Sofía. En septiembre, Johanna recibía una efigie de la zarina con un marco adornado de diamantes, y hacia fines de año Sofía era llevada a Berlín, para posar ante el notable pintor francés Antoine Pesne.

-Es preciso que haga una copia del retrato -encargó Johanna al pintor.

La copia fue enviada a la emperatriz Isabel, a San Petersburgo, entonces la capital de Rusia. La Zarina estaba recibiendo los retratos de las más nobles princesas casaderas de Europa. Catalina escribiría más tarde en sus Memorias: "Todo esto me inquietaba mucho, y en mi fuero interno sabía que estaba destinada a él (Pedro Ulrich), porque de todos los partidos que me proponían, él era el más importante".

Uno de sus tíos, Jorge Luis, 10 años mayor que ella, le hacía la corte y le propuso matrimonio. Sofía respondió ingeniosa:

-Mi madre y mi padre no querrán.

El primer día de enero de 1744, Johanna recibía un sobre con la indicación: "Personal. Muy Urgente"; dentro había una extensa carta del conde de Holstein, preceptor y mariscal de la corte de Pedro Fedorovich, quien le informaba: "...Por orden expresa y especial de S.M. la emperatriz Isabel Petrovna, debo comunicarle, señora, que la Soberana desea que Su Alteza, acompañada de la Princesa, su hija mayor, se traslade lo antes posible a este país, a la ciudad donde está la corte imperial...".

Y seguían una serie de instrucciones y recomendaciones. Las dos más importantes era que viajasen de incógnito hasta la frontera rusa bajo el nombre de "condesa Reinbeck y su hija", y se rogaba que Cristian Augusto se quedase en casa, lo que era una humillación. Los gastos del viaje estarían a cargo de la Emperatriz.

Dos horas más tarde, Johanna recibía otra carta. Esta vez era de Federico, rey de Prusia, que hablaba claramente sobre los motivos de la invitación: "No le ocultaré que como siento particular estima por usted y por su hija, la Princesa, siempre deseé facilitarle un destino extraordinario. Por eso mismo me he preguntado si no sería posible casarla con su primo, el gran duque de Rusia...".

Johanna sintió cierta preocupación y le dijo a su marido:

-Por el momento no tenemos más que un buen deseo del rey Federico, pero la Emperatriz no formula una oferta de matrimonio oficial a nuestra hija.

Si el compromiso no se concretaba, el fracaso afectaría a toda la familia. El recelo del padre era que, si aceptaban a Sofía, ella debería convertirse a la fe ortodoxa rusa y renunciar a la religión luterana.

Johanna y Cristian Augusto decidieron ocultarle la verdad a Sofía, por temor a que cometiese una indiscreción. Pero ella lo presintió y escribió a su madre un papel con grandes letras que decía: "¡Augurio seguro! Que Pedro III va a ser mi esposo".

Entonces se lo contaron todo. Finalmente, se decidió que madre e hija emprendieran el viaje, pero no sin antes la familia visitar al rey de Prusia para darle las gracias. Sofía amaba a su padre y se despidió de él entre sollozos, como si adivinase que no lo volvería a ver más.

El viaje, bajo nevadas, fue agotador. Al llegar a Rusia todo fue pompa y fatigosa etiqueta. Se detuvieron ante el Kremlin, palacio habitado por la Zarina.

Allí las esperaban con vestimentas francesas, regalo de la Emperatriz. El gran duque Pedro les dio la bienvenida y las invitó a presentarse ante S.M. Imperial. Sofía sintió que el corazón se le paralizaba al ver a su supuesto futuro esposo, un joven contrahecho, con la cara alargada, ojos saltones y la boca ancha, de labios caídos.

"En mi recuerdo, Pedro era menos feo, menos repulsivo", se dijo pensativa.

En la entrevista con la Emperatriz, ella le causó muy buena impresión por su frescura, su respeto y su inteligencia.

Al tratar al duque Pedro, Sofía comprendió que era muy niño, imprudente y le faltaba el juicio en muchas cosas. No prestaba mucha atención a la nación sobre la cual debía reinar. Irritaba a todos exhibiendo siempre sus costumbres alemanas y aferrándose al luteranismo. Pero ella no había ido a Rusia para vivir un gran amor, sino para alcanzar una posición suprema y se consagró al estudio acelerado de la lengua rusa, al igual que aprendía todo sobre la religión ortodoxa.

Pronto un brote de viruela dejó a Pedro más repugnante aún. La Zarina no permitió a Sofía visitarlo durante la enfermedad ni inmediatamente después, por temor a que se espantase al verlo y rogase que la llevasen de vuelta a su país. Pero ella se mantuvo firme y el 28 de junio de 1744 fue admitida como miembro de la Iglesia Ortodoxa rusa y recibió su nuevo nombre: Catalina, elegido por la Emperatriz.

-Es en memoria de mi madre fallecida -le dijo y le dio una estrella de diamantes y la cinta de la Orden de Santa Catalina.

El anuncio oficial del compromiso se efectuó al día siguiente.

La Zarina rechazaba a Johanna por su conducta. Exigente, se quejaba de que se rendían más honores a su hija que a ella.

Contraía grandes deudas de juego. Recogía chismes en la corte acerca de los muchos romances de la Emperatriz y los trasmitía al rey Federico, vía diplomática, mientras que ella cometía una infidelidad con el conde Iván Betski. 

-Tendrás un hermanito ruso -bromeaban con Catalina sus damas de compañía, lo que la avergonzaba.

La valija diplomática donde iban los mensajes de Johanna a Alemania fue asaltada y robada, y entregada a la Emperatriz. Furiosa, ella mostró las pruebas a Sofía y a su madre. Entre lágrimas y sollozos, Johanna trató de disculparse. Por un momento pareció que la boda se cancelaría, pero la Emperatriz dejó claro que su ira estaba dirigida a la madre, no a la hija.

Catalina logró posponer la expulsión de Rusia de Johanna hasta después de su boda, que se fijó para el 21 de agosto de 1745, en la catedral de Kazán, San Petersburgo. El padre de Catalina no fue invitado y eso le dolió a ella profundamente.

Catalina tenía 16 años y Pedro 17. Solo la noche antes de la boda, su madre le habló de cuando una virgen se convierte en mujer.

Catalina vistió para sus esponsales un modelo brocado con appliqués de rosas plateadas en la cola. Sobre los hombros llevaba una capa de encaje de plata. La Zarina ordenó que la adornasen con una profusión de alhajas del Tesoro Imperial y por último colocó sobre su cabeza la pesada corona ducal. La joven apenas si podía moverse.

El gran duque Pedro también iba recargado de alhajas. La Emperatriz acompañaba a los dos jóvenes. Durante la ceremonia religiosa en la catedral, que duró horas, la condesa Tchernichev, susurró al oído de Pedro:

-S.M. no debe apartar los ojos del sacerdote, pues de acuerdo con una creencia popular, aquel de los casados que vuelva primero la cabeza morirá primero.

-¡Váyase al diablo! -le dijo molesto, el Gran Duque.

Después de la ceremonia, hubo banquete y baile en palacio. Y cuando al fin los novios estuvieron solos en su cuarto, el Duque se acostó al lado de su esposa, sin mirarla, y se quedó dormido. Las noches siguientes él tampoco la tocó. Ella escribiría: "Mi querido esposo no se ocupaba de mí y pasaba todo el tiempo con sus lacayos, jugando con sus soldados de plomo; yo me veía obligada a representar mi papel". 

Otra de las pasiones del Duque era tocar el violín sin saber, y meter sus perros en el cuarto matrimonial, que corrían y saltaban sobre la cama ladrando. La vida de Catalina era un infierno. Pedro era alcohólico, estaba loco, y era impotente. Tenía fimosis, un problema que le impedía disfrutar del sexo. Catalina pensó en la posibilidad de suicidarse, pero después buscó alivio en la lectura y en montar a caballo.

La Zarina la hizo examinar y, después, supo que el problema estaba en su sobrino. En medio de la vulnerabilidad de Catalina, entró en su vida el apuesto y joven aristócrata ruso Sergei Saltykov. El la cortejó a petición de la propia Zarina, que quería un heredero que Pedro no podía darle. Catalina se mostró renuente, pero durante una tormenta, él la tomó por primera vez.

Catalina quedó embarazada de Sergei dos veces, pero abortó espontáneamente.

Señalan los biógrafos Vsevolod Nicolaev y Albert Parry, autores del libro Los amores de Catalina la Grande, que Sergei era mujeriego y Catalina estaba celosa. El quería terminar con ella y le hizo una jugarreta, diciéndole a la Emperatriz que la fimosis de su sobrino era operable.

-La circuncisión que cualquier rabino hace a un bebé de su fe, cualquier médico cristiano puede hacerlo por Su Alteza.

Pedro lo sabía, pero se había negado a la operación. La Emperatriz dio órdenes y, cuando él estaba con sus amigos en una borrachera, entró un cirujano. Unos jóvenes lo inmovilizaron, mientras que otros le bajaron los pantalones y fue circuncidado. Cuando sanó la incisión, el Gran Duque reclamó a Catalina sus derechos conyugales y ella accedió, pero con total aversión.

Catalina quedó embarazada y dio a luz el 20 de septiembre de 1754 a su hijo Pablo Petrovich. La zarina Isabel acaparó a la criatura y recompensó a los padres con oro. Pedro comenzó a tener amantes.

En julio de 1755, Catalina conocía al recién llegado y joven conde polaco Estanislao Poniatowski, secretario del embajador británico sir Charles H. Williams. Según contó en sus Memorias el propio Estanislao, él se enamoró de Catalina en cuanto la vio. Pronto se convirtió en el segundo amante de ella. Ellos congeniaron romántica e intelectualmente.

-Es la primera vez que estoy con un hombre educado -expresó ella.

Estanislao fue descubierto cuando dejó el refugio campestre de Catalina.

-Usted mantiene relaciones con mi mujer -lo acusó Pedro.

Estanislao lo negó indignado y entonces el Gran Duque arrastró a Catalina fuera de la cama. Más tarde, al creer que Estanislao estaba a favor de Prusia, Pedro obligó a los enamorados a cenar con él y con su amante, la condesa Isabel Vorontsova.

Catalina quedó embarazada de Estanislao y el 9 de diciembre de 1757 les nacía una hija a la que llamaron Ana. Estanislao fue obligado a dejar Rusia en octubre de 1758 y partió a Varsovia. La pequeña Ana enfermó y murió poco después.

En 1759, un hombre nuevo y más promisorio políticamente que el joven polaco disfrutaba de los favores de Catalina. Era el oficial de artillería Gregorio Orlov.

El 5 de enero de 1762, moría la emperatriz Isabel y subió al trono Pedro III.

-El cada día está más loco y es menos popular -dijo Catalina del zar, que la amenazaba con divorciarse.

En junio, Pedro se hallaba ausente. Catalina se vistió con su uniforme de teniente y se dirigió a San Petersburgo, al frente de un destacamento de guardias imperiales y se hizo proclamar Emperatriz. Pedro fue arrestado y asesinado en la mansión Ropsha, cercana a la capital.

Dicen que los principales cómplices de Catalina eran Orlov y sus cuatro hermanos, todos ellos oficiales de la Guardia Montada. En 1764, Catalina hizo nombrar a Poniatowski rey de Polonia bajo el nombre de Estanislao II. Según algunos historiadores, los hijos restantes de Catalina, todos varones, fueron engendrados por Orlov, uno se llamó Alexei y otro Constantino. Nacieron en secreto, el primero cuando Pedro aún vivía, y lo habían alejado de palacio durante el parto. Los niños fueron criados por un tiempo en las casas de unos sirvientes, y no fueron llevados a palacio hasta que tuvieron una edad en la que nadie podía estar seguro de cuál era su origen.

-Han sido maniobras necesarias porque no quiero que se extinga la dinastía de los Romanov -dijo Catalina.

Ella se había negado a contraer matrimonio con Orlov y él se vengó convirtiendo la corte en un harén.

A los 43 años, ella no había perdido su atractivo y entonces nombró a Grigori Potemkin, su "ayudante general personal", que era igual que decir su "favorito".

Potemkin le había declarado su lealtad, y se había retirado a un monasterio. Era un tosco barrigudo, hipócrita, tuerto y comilón, de 35 años. Durante dos años, la Emperatriz sostuvo con él unas relaciones llenas de disputas y reconciliaciones. Al apagarse su pasión por Catalina, Potemkin, no queriendo perder su influencia en la corte, la convenció de que los favoritos se podían sustituir con facilidad.

-Yo mismo me encargaré de su selección -se ofreció.

Su sistema funcionó y Catalina tuvo en 16 años, 13 hombres a los que recompensaba con el erario público.

Cuando la Emperatriz cumplió 60 años, sucumbió ante Platón Zubov, un oficial de la Guardia Montada, de 22 años.

-Ese joven es demasiado ambicioso -dijo Potemkin desaprobándolo.

Pero Zubov acaparó el interés de Catalina, hasta que ella falleció a los 67 años de edad, dos días después de sufrir una embolia cerebral.

Su primer hijo le sucedió como Pablo I e hizo trasladar los huesos de su padre Pedro III, de su sepulcro, y los enterró en la catedral de San Pablo y San Pedro, junto a Catalina. Sobre los dos ataúdes puso un estandarte que decía: Separados en vida, unidos en la muerte.

Debemos aclarar que el género de la novela biográfica no es un género puro. Tiene tanto de historia y realidad como de ficción y fantasía. La biografía tiene como mérito estudiar e historiar al personaje en su entorno real. Decir obligadamente la verdad lógica de los hechos. Sin embargo, el mérito de la novela es darle forma a la historia. El autor la adorna con su imaginación. Crea diálogos y presenta los personajes según su concepción personal.

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