Eugenia Montijo La ultima emperatriz de los franceses.
"Me asusta la responsabilidad que pesará sobre mi, pero estoy convencida de que sigo mi destino".
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Autor: Eunice Castro Orchillés

Oct. 19, 2009 

 

La mañana del 5 de mayo de 1826, en la ciudad de Granada, provincia de Andalucía, España, la tierra comenzó a temblar. A la condesa María Manuela de Teba, que estaba embarazada de su segunda hija, se le adelantó el parto un par de semanas. Las fuertes sacudidas amenazaban con derribar su casa y ella mandó a levantar una tienda en el jardín; en pleno sismo dio a luz a su hija Eugenia, quien un día se convertiría en la última emperatriz de Francia como esposa de Napoleón III.

Años más tarde, Eugenia diría de su nacimiento durante el terremoto:

"¿Qué hubieran dicho los antiguos de semejante presagio? Hubieran dicho que yo había venido a conmover el mundo".

 

Su padre, Cipriano Palafox y Portocarrero, conde de Teba y de Montijo, Grande de España, había servido como coronel en el ejército de Napoleón I, donde fue herido y lo nombraron caballero de la Legión de Honor Francesa.

Después del fracaso de Waterloo en 1815, el Conde se unió en 1820 a la revolución orquestada por el partido liberal, que instauró una monarquía de breve triunfo, pero al hundirse en 1823, fue a parar a la cárcel. Lo exiliaron en Santiago de Compostela, y luego obtuvo la libertad condicional que le permitió regresar a su casa de Granada, donde viviría bajo vigilancia.

 

Manuela era hija de William Kirkpatrick, un rico comerciante escocés de frutas y vinos, establecido en Málaga, donde ella había nacido, pero se educó en París donde conoció al conde de Teba. Su madre era de origen belga, hija de un rico comerciante, el barón de Grivegnée. En 1817, Manuela logró casarse con el conde de Teba gracias a un árbol genealógico que inventó y que se remontaba a los antiquísimos reyes de Escocia.

De dicho matrimonio nació primero su hija María Francisca "Paca", el 24 de enero de 1825. Manuela le puso el nombre de Eugenia a su segunda hija (por interés) en honor del hermano de su esposo, Eugenio, conde de Montijo, duque de Peñaranda, quien por la ley de primogenitura disponía del goce de sus tierras y de sus bienes, y estaba asentado en la corte del rey Fernando VII de Borbón.

Eugenia congenió muy bien con su padre. El Conde la educaba en el recuerdo de los Bonaparte y el respeto a las ideas liberales.  Le permitía expresarse como le pareciese y la fortalecía espiritualmente. La dejaba correr en la campiña. Ellos eran felices a pleno sol o bajo la luz de la luna. Juntos salían a cabalgar. Algunas veces llegaban a las cercanías de las cuevas de la sierra donde moraban los gitanos.

-¡Cómo cantan y bailan! -exclamaban viéndolos en sus fiestas a la luz de las fogatas.

Eugenia era pasión, acción y rebeldía, mientras María Francisca era sumisa y obediente con su madre. Manuela rechazaba a Eugenia y vivía humillándola, comparando a sus hijas.

-¿Por qué no sigues el ejemplo de tu hermana? -le decía.

Un día Eugenia se disgustó con la cuidadora porque le dijo que ella no estaba presentable y echó a correr saltando un muro. Del otro lado encontró a una anciana gitana.

-¿Le leo la mano? -le preguntó.

 -No traigo dinero.

A la mujer no pareció importarle. Tomó la mano de Eugenia y escupiéndole la palma para "limpiársela", después se la secó con su delantal. Las dos se concentraron, Eugenia en los piojos que corrían por los cabellos de la gitana y esta en adivinar su suerte. En eso llegó la cuidadora, pero la gitana tuvo tiempo de decirle a Eugenia:

-¡Serás más que reina!

 

En 1833, Fernando VII estaba gravemente enfermo y la reina María Cristina de Borbón, princesa de las Dos Sicilias fue nombrada regente. Cuenta el biógrafo Jean des Cartes, en su libro Eugenia de Montijo, que consciente del cambio político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del Rey, ella concedió una amplia amnistía a los liberales y Cipriano quedó libre.

El se trasladó a Madrid con su familia y se instalaron en una agradable casa.

El 29 de septiembre de 1833 Fernando VII falleció y su viuda ejerció la regencia por su hija de 3 años de edad. Pero el infante Carlos, hermano del Rey, se consideraba el legítimo heredero y comenzó la Primera Guerra Carlista.

En 1834, el conde de Montijo murió. En el velatorio, Eugenia estaba al lado de su padre frente al féretro, y de pronto él la alzó por la cintura y la puso de cara al muerto.

-Despídete de tu tío -le dijo.

Horrorizada, Eugenia pataleó hasta que logró soltarse. Presa de una crisis nerviosa corrió y quiso tirarse por una ventana, pero su padre pudo atajarla a tiempo. Cipriano heredó de su hermano sus títulos, sus bienes, su palacio y su finca de Carabanchel.

 

A los 9 años, Eugenia tuvo otro encuentro con la muerte. Desde una ventana del palacio Montijo presenció cómo asesinaban a un sacerdote a bayonetazos. Ella escuchó sus gritos de dolor en el transcurso del sangriento día conocido como el de la "masacre de los hermanos".

La guerra civil y una epidemia de cólera empujaron a Cipriano a enviar a su mujer y a sus hijas a París. Manuela alquiló una casa en el 37 de la  calle Ville-l'Eveque, que tenía un salón literario.

 

Las niñas fueron matriculadas en el convento Sacré-Coeur, en el barrio de Saint-Germain, al que Eugenia no se adaptó. Las otras alumnas se burlaban de ella y la apodaron "pelo zanahoria" por su color, y encontró que había demasiada rigidez, excesivas horas de rezos y ninguna libertad. Se le entumecían las piernas de no hacer ejercicio. Durante las comidas le prohibían hablar y ella fue castigada varias veces. Ante tanta incomprensión, Eugenia se sentaba en un rincón y hablaba sola con las paredes.

Su padre quiso que ella hiciera un poco de ejercicio físico y la inscribió en unas clases del Centro Gimnástico. Pero Eugenia encontró que ese lugar era tan desagradable como el convento.

En el libro Lettres familieres de L'Imperatrice Eugénie, publicadas por el duque de Alba y Hanotaux G. en 1935, Eugenia mostraba cuánto la desesperaba la ausencia de su querido padre y le escribía:

"No creas, querido padre, que te escribo por deber; ello me produce demasiado placer para que sea necesario que me esfuerce... Quiero que vengas. No puedo estar más tiempo sin verte".

 

Cuando estaba en casa, Eugenia podía disfrutar de la vida social adulta que tanto necesitaba, entre escritores y artistas. Prosper Mérimée, a quien apreciaba desde pequeñita en Granada, la visitaba y le presentó al escritor francés Sthendal, cuyo verdadero nombre era Henri Beyle. Eugenia adoraba hablar con él y escucharle.

Mérimée la llevaba a pasear por París y terminaban en una confitería, pero la ciudad entonces era insalubre, con cloacas pestilentes y resbaladizas calles de madera donde la gente sufría caídas.

Ese año, Manuela se llevó a sus hijas a Inglaterra, instalándolas en un internado para señoritas cerca de Bristol, que Eugenia detestó. Allí, la niña hizo amistad con dos princesitas hindúes que se sentían tan desgraciadas como ella y planearon escaparse. Ella trató de convencer a su hermana María Francisca, pero esta se negó.

Durante un paseo por el muelle, las tres jovencitas se alejaron de Miss Flower, la institutriz, y subieron a un barco mercante. Escondidas detrás de una carga permanecieron dos horas. Anocheció y de pronto unas antorchas que sostenían tres tripulantes las iluminaron. Aterradas se abrazaron, pero detrás de ellos estaba Miss Flower.

-¡Gracias a Dios que las he encontrado! -exclamó la institutriz.

La estadía en Inglaterra duró cuatro meses y regresaron a París, al Sacré-Coeur. Su madre trajo a Miss Flower para que les enseñara inglés.

En febrero de 1839, Manuela salió de urgencia para Madrid, porque el Conde estaba muy enfermo.

-En 15 días seguiremos a su madre
-dijo Miss Flower a las chicas.

Pero cuando ellas llegaron a Madrid ya el Conde había muerto y estaba enterrado.

Para Eugenia, que tenía 13 años, fue un golpe cruel, porque habían estado separados físicamente en los últimos años.

Guardaron luto dos años vistiendo ropa negra como era de rigor. Casi todo ese tiempo vivieron en Carabanchel, y Eugenia hacía mucho ejercicio.

 

A los 15 años se había convertido en una hermosa muchacha. Su abundante cabellera rojiza tenía reflejos dorados y era un marco perfecto para su rostro ovalado, de tez clara, y sus ojos azules.

Manuela comenzó a dar bailes en su casa para a sus hijas, ante los mejores candidatos de Madrid. Eran invitadas a cacerías y actividades taurinas, y Eugenia introdujo en España los bailes de disfraces.

Su madre continuaba prefiriendo a María Francisca por su docilidad y rechazaba a Eugenia por la firmeza de su criterio.

Jacobo, duque de Alba, pariente de su madre, un joven de 20 años, culto y tímido, al que conocían desde niñas, era el más fiel de sus amigos. Eugenia se enamoró de él y creía que él la amaba. Pasaron dos años y el Duque parecía indeciso. Eugenia se sentía impaciente porque él le declarase su amor.

 

Según el biógrafo William Smith en su libro Eugenia de Montijo, ¡qué pena,pena!, Eugenia no hizo nada por ocultar su amor, incluso su pasión. María Francisca sabía que Eugenia amaba al Duque, y cuando Manuela se dio cuenta, decidió que él sería para su hija favorita.

 

La noche del 16 de mayo de 1843, la Condesa daba una fiesta en Carabanchel y en la cena sentó a María Francisca junto a Jacobo, y a Eugenia en otra mesa, con el duque de Osuna. Eugenia estaba celosa de su hermana, quien también era muy bella. A la hora de fumar, cuando el duque de Alba se dirigía al despacho, ella le salió al paso e impetuosamente le confesó que lo amaba.

-No sigas, Eugenia -le dijo él tapándole la boca con una mano-. ¡Mañana lo olvidarás todo!

Ella se quedó paralizada por el rechazo. Un poco más tarde su madre subió a la tribuna en el salón e interrumpió el baile haciendo callar a la orquesta. María Francisca y el duque de Alba estaban a su lado. Manuela anunció:

-Tengo que comunicarles un maravilloso acontecimiento: mi hija María Francisca, condesa de Montijo, y Jacobo, duque de Alba, se casarán este otoño.

-¡Vivan los novios! -gritaban los invitados, formando un gran alboroto.

Eugenia salió corriendo y se fue a su habitación, llorando desconsolada. Junto al velador había una caja de cerillos y despegó los fragmentos de fósforo disolviéndolos en un vaso de agua para envenenarse.

Antes de hacerlo decidió escribir una carta al duque de Alba en la que le decía que "su fin estaba cerca, que su pena era más de lo que podía soportar, que todos la miraban con indiferencia, incluso su madre y su hermana, y se atrevería a confesar que el hombre a quien más amaba, por quien hubiera pedido limosna e incluso aceptado su propia deshonra... El no sabía lo que era querer y que lo despreciasen".

Eugenia terminaba diciendo que se enclaustraría en un convento. Estaba en un mar de confusiones y no sabía si quería suicidarse, ser monja o seguir adelante con su vida.

Su hermana María Francisca entró en la habitación y le dijo:

-Lo siento, pero también estoy enamorada de Jacobo. No tuve valor para decírtelo y tampoco sabía que mamá lo anunciaría hoy. Te prometo que aplazaré la boda hasta que te sientas bien.

Eugenia rechazó su abrazo. Estaba decepcionada y se volvió muy hermética.

La boda prevista para noviembre se aplazó hasta febrero de 1844.

 

Para no pensar, durante dos años se dedicó a cabalgar, a ir a las corridas de toros y a practicar esgrima. En Biarritz nadaba y paseaba en barca. Procuraba evitar a su madre, que fue nombrada camarera mayor de la Reina, y a ella le concedió el derecho de usar el título de condesa de Teba.

Eugenia volvió a los bailes, a la vida social. Se relacionó con su hermana. Actuaba en obras de teatro y tenía muchos pretendientes, pero desconfiaba de todos y rechazó tres serias proposiciones de matrimonio.

Las malas lenguas de Madrid insinuaban: "Si ella no se casa es porque hay algo sospechoso en su vida".

En el otoño, Manuela decidió llevarse a Eugenia a París. Los franceses acababan de elegir al príncipe Luis Napoleón como presidente de la república.

-La reputación bonapartista de tu padre nos abrirá las puertas de la buena sociedad parisina -le dijo.

Manuela alquiló un apartamento en el 12 de la plaza Vendôme.

Luis había nacido en el seno de la dinastía Bonaparte. Su padre fue hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda, y su madre, Hortensia de Beauharnais, hija de la emperatriz Josefina. Sobrino de Napoleón I, había heredado los derechos dinásticos después de las muertes sucesivas de su hermano mayor y de Napoleón II. Tenía 40 años de edad y le apremiaba casarse. Sus ministros estaban haciendo gestiones con la princesa Wasa de Suecia, y con otra prusiana, la princesa Adelaida, sobrina de la reina Victoria.

 

Matilde Bonaparte, su prima, un día le presentó a Eugenia en una fiesta en su casa, y él ya no pudo quitar sus ojos de la joven. A ella le agradó él. Sin ser atractivo, Luis era enigmático y tenía cierto encanto.

Un día, Eugenia y Manuela recibieron una invitación para una cena en la residencia imperial de Combleval. Al terminar la comida, Luis les propuso dar un paseo por los jardines y le ofreció el brazo a Eugenia.

-Señor, ese honor le corresponde a mi madre -le dijo ella.

-Claro, claro -murmuró él y dio el brazo a la Condesa.

 

Al principio, Luis sólo quería seducir a Eugenia. Por la edad que ella tenía él se imaginaba que había tenido relaciones anteriores y un día hizo alusión a su pasado amoroso. Eugenia lo puso en su lugar.

-Señor, es cierto que mi corazón ha hablado más de una vez, pero le puedo asegurar que siempre he sido la señorita Montijo.

Eso equivalía a que ella era virgen.

Según el biógrafo Fernando Díaz-Plaja, en su libro Eugenia de Montijo, en un desfile militar, Napoleón se acercó a  la ventana de las Tullerías, desde donde Eugenia presenciaba el espectáculo.

-Señorita, ¿cómo se llega a su habitación? -le preguntó.

Y Eugenia, señalando un ángulo del edificio, le respondió:

-Por la iglesia, señor.

En 1852, Luis se convirtió en el emperador Napoleón III. Por diferencia de religiones, Adelaida no aceptó el matrimonio, y cuando el enviado le dio la mala noticia, el Emperador la recibió con alegría.

-Mi querido amigo, ya estoy pronto a casarme -le dijo apretándole la mano.

Inmediatamente le escribió una carta a la condesa de Montijo pidiéndole la mano de Eugenia, y si consentía, le rogaba que no lo divulgase hasta que hubiesen tomado las medidas necesarias. Los ministros estuvieron de acuerdo y el 15 de febrero lo anunciaron a la Cámara en el discurso de la coronación. La boda se fijó para marzo. Eugenia iba a ascender a uno de los tronos más grandes de Europa.

En un discurso que el Emperador pronunció antes de su boda dijo:

-Prefiero casarme con una mujer a la que amo y respeto que hacerlo con una desconocida, con quien una alianza podría tener ventajas mezcladas con sacrificio.

Se casaron en la catedral Notre Dame de París y fue la boda más grandiosa jamás soñada. La cola del vestido de la novia tenía 4 metros. Eugenia se veía preciosa.

El viaje a Notre Dame fue en una carroza dorada y las multitudes a su paso los vitoreaban y les deseaban felicidad.

 

Cuenta la autora Almudena de Arteaga en su novela Eugenia de Montijo, que en el trayecto a Eugenia se le desprendió del cabello una flor de azahar y cayó sobre su regazo. El Emperador la tomó, se desabrochó un botón del uniforme y se la puso.

-Jamás ningún caballero se había mostrado tan sensible conmigo -diría ella.

Durante la ceremonia nupcial los novios estaban emocionados. Después festejaron con un banquete. La noche de bodas la pasaron en Saint-Cloud, y Eugenia fue feliz.

-Nunca pensé que dos personas pudiesen fundirse en una sola -dijo.

El 16 de marzo de 1856, Eugenia daba a luz a su único hijo, Napoleón Eugenio Luis Bonaparte, quien recibió el título de Príncipe Imperial.

Con su encanto, ella contribuyó de forma destacada a la fascinación que desprendía el régimen imperial. Su forma de vestir neoclásica fue imitada en toda Europa.

Ferviente católica se opuso a la política de su marido en Italia, defendiendo los poderes y prerrogativas del Papa en dicho país.

En tres ocasiones desempeñó la regencia del Imperio: en 1859, durante las campañas de Italia; en 1865, durante una visita de su marido a Argelia, y en 1870 en los últimos momentos del Segundo Imperio.

 

El Segundo Imperio dotó a Francia de infraestructuras comerciales, de un nuevo sistema financiero y bancario, y de la construcción de la red de ferrocarriles.

Napoleón III y Eugenia impulsaron los trabajos del barón Haussmann en París, que hicieron de esta ciudad una de las más bellas del mundo. También el Segundo Imperio fue un período literario productivo.

Su marido la hizo sufrir con infidelidades, pero ella siempre lo perdonó.

Eugenia apoyó las investigaciones de Louis Pasteur, que conducirían al descubrimiento de la vacuna contra la rabia. También secundó la invasión francesa de México en 1863, que fue derrotada y le costó la vida al emperador Maximiliano I de México, y la guerra contra Prusia, que terminó en 1870 con la derrota de Sedán. El Emperador cayó preso en esa batalla el 2 de septiembre y fue depuesto por las fuerzas de la Tercera República en París dos días después.

El pueblo culpaba a Eugenia del fracaso y pedían su abdicación o la guillotina.

Ella era muy amiga de la reina Victoria de Inglaterra, quien le dio siempre buenos consejos, y fue madrina de bautismo de la nieta de Victoria, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg. Por eso, tras la caída del Segundo Imperio Francés, en 1870, la familia se exilió en Inglaterra.

 

Señala Geneviéve Chauvel, en su libro Eugenia de Montijo, que el Emperador fue operado dos veces de piedras en la vejiga, y cuando estaban preparándolo para una tercera cirugía, murió. Algunos proclamaron a su hijo Eugenio como Napoleón IV.

Muy desolada, la Emperatriz se retiró a un palacio en Biarritz, en el que vivió alejada de la política francesa.

Su hijo Napoléon Eugenio Luis, un joven intachable y con gran simpatía, parecía destinado a ser un pretendiente al trono francés. Decidido a hacer carrera en el ejército, estudió en la Academia Militar Woolwich, luego se unió a las tropas británicas que marchaban a Sudáfrica. Durante una emboscada tendida por los zulúes se cayó de su caballo mientras huía y murió combatiendo a sus perseguidores, en junio de 1879. Tenía 23 años. No había contraído matrimonio ni dejó descendencia, pero suscribió un documento designando como sucesor de sus derechos a su primo segundo, el príncipe Napoleón Víctor.

La vida de la Emperatriz nunca más fue igual. Eugenia de Montijo murió el 11 de julio de 1920 a los 94 años de edad, en Madrid,  y está enterrada en la cripta imperial, al lado de su esposo y de su hijo.

 

 

FIN

Debemos aclarar que el género de la novela biográfica no es un género puro. Tiene tanto de historia y realidad como de ficción y fantasía. La biografía tiene como mérito estudiar e historiar al personaje en su entorno real. Decir obligadamente la verdad lógica de los hechos. Sin embargo, el mérito de la novela es darle forma a la historia. El autor la adorna con su imaginación. Crea diálogos y presenta los personajes según su concepción personal.