CELEBRIDADES
Entrevista con Anthony Hopkins
Abr. 19, 2010
En una época donde los famosos cada vez son más informales en su imagen, Anthony Hopkins llegó elegantemente vestido de traje al Hotel Four Seasons, de Beverly Hills, para nuestra entrevista. Al verlo no hay duda de que es un verdadero caballero inglés.
Usted interpreta sus personajes con mucha naturalidad y suele lucir demasiado tranquilo, y hasta frío, ya sea en el clásico rol de Hannibal Lecter o en el más reciente del hombre lobo. ¿Tiene algo que ver con su carácter?
Creo que la frialdad sirve para esconder las verdaderas heridas emocionales que los personajes tienen. En mi vida privada, mi padre, por ejemplo, era muy duro conmigo, aunque me lo merezco porque yo tampoco era tan bueno que digamos. Es algo que aprendí de él. Me gusta esa frialdad. El era muy riguroso y me enseñó a ser duro. Por eso sé cómo ser así, fuerte y despiadado. Es parte de mi naturaleza. Creo que la forma más saludable de vivir la vida es ser amigo de la bestia que tenemos adentro. Bueno, no es precisamente la bestia, sino la sombra, el lado oscuro de nuestra naturaleza con todas las imperfecciones. Es una manera de aceptar todo sobre nosotros y así podremos disfrutar la vida. No sería actor si no fuera así. Hay que ser muy fuerte para ser actor, hay que estar seguro de lo que uno quiere, porque de lo contrario es imposible avanzar en este negocio. En mis actuaciones, yo uso todo ese poder que hay en mí; por eso no soporto cuando alguien viene diciendo: "No puedo hacer eso". Siempre se puede hacer.
¿Los personajes más crueles que ha interpretado son sus favoritos?
Me encantan los personajes despiadados. He interpretado a varios, no solamente a Hannibal Lecter. Y los admiro porque vivimos en una era donde hay demasiadas caricias. Perdimos la fuerza. Yo vengo de una sociedad de carniceros que experimentaron dos guerras mundiales. Crecí al lado de gente que no perdía el tiempo sintiendo lástima por nadie, pues había que recuperarse solo. Por eso le digo siempre a alguien que está en problemas: "Hay que sobreponerse". No pierdo el tiempo siendo demasiado suave. Tampoco soy demasiado frío, pero no me gusta perder el tiempo. La vida es muy corta y hay que aprovecharla.
¿Qué opina de la generación más joven de actores que lo admira tanto?
A veces doy clases en la UCLA y otros lugares. Y cuando me encuentro con actores más jóvenes les doy una cámara y les pido que se levanten y hagan el trabajo, que no se preparen demasiado. Lo hago con bastante humor, bromeando, diciéndoles que no derrochen ni un segundo, que se levanten y lo hagan. Siempre se preocupan por las obras de Shakespeare y yo insisto en que no pierdan tiempo quejándose, porque cuando uno es joven es más fácil decir "no puedo hacerlo", por todas las inseguridades que sienten. Cuando pienso en mi pasado, recuerdo que siempre me decía a mí mismo: "No pienses demasiado, hay que salir y hacer lo que sea necesario". Eso es lo que les digo a los actores jóvenes. ¿Van a cometer errores? Seguro. ¿Y a quién le importa?
¿Le parece tan fácil la actuación?
La actuación es muy fácil. Si le hubieras preguntado a John Wayne cómo hacía su trabajo, te hubiera dicho que simplemente se subía al caballo y se convertía en actor. La actuación es muy, pero muy simple. Cuando se viene haciendo desde hace mucho tiempo, ya no se necesita actuar. ¿Cómo hay que interpretar a un mayordomo? Sin moverse demasiado. Lo mismo me pasó con Hannibal Lecter. Hay que asustar a la gente con la mirada. Fue fácil. Por eso digo que no hay que preocuparse demasiado. Los actores vivimos pensando si lo haremos bien o no, imaginando lo que dirán de nosotros y lo que publicarán los periodistas. En la juventud hay que hacer de todo para sobrevivir. Yo les digo que hay que trabajar y sentirse con suerte de tener un empleo. Esa es mi filosofía en general, para todo.
¿Se siente un hombre con suerte?
Soy un hombre con suerte, claro. Tengo 72 años y todavía sigo trabajando. Hay que dar energía para que vuelva en abundancia. Pero si vas con la cabeza baja y demasiado tranquilo... las probabilidades de que te elijan son pocas, seguro te matan (ríe). Conozco a un actor que por años estuvo enojado, porque otro actor no había querido decir ciertas líneas en la famosa película On the Waterfront. Habían pasado más de 50 años y todavía seguía quejándose sobre lo mismo. Hay que sobreponerse. Yo no vivo pensando en el pasado, en la época de Hannibal Lecter, ni nada de eso. Vivo el presente y eso me da un gran poder.
Vecino de Catherine Zeta-Jones, Anthony Hopkins nació en la misma zona de Gales, unos 30 años antes, el 31 de diciembre de 1937. Así como hoy ejerce mucha influencia en otros actores, él se inclinó a la actuación por la admiración que le tenía a Richard Burton. Fue por eso que decidió inscribirse en el College of Music and Drama, y en 1965 se mudó a Londres cuando Laurence Olivier lo invitó a unirse a la compañía del Teatro Nacional (además de que le presentó a su primera esposa, la actriz Petronella Barker). Fue ahí donde Hopkins desarrolló un estilo muy particular, repasando la letra tantas veces como fuera posible, hasta que el diálogo le sonara suficientemente natural como para "actuar sin pensar". Lo que nunca le gustó fueron los repetidos ensayos y siempre tuvo problemas con los directores que quieren salirse demasiado del guión o analizan al máximo los personajes.
Sin pensar en las consecuencias de sus decisiones, Hopkins no tuvo reparos en divorciarse de Petronella Barker, cuando en 1972 quiso probar suerte en Hollywood, y se casó con Jennifer Lynton el 13 de enero de 1973. Aquellos comienzos no fueron los mejores, profesionalmente hablando. Y decidió volver a Londres, donde finalmente se destacó gracias a la televisión y los clásicos de El jorobado de Notre Dame y Othello (una versión diferente a la que su ex esposa Barker ya había hecho con Laurence Olivier en el cine).
Hopkins regresó a Hollywood con otras películas como The Elephant Man (1980) y The Bounty (1984), pero la fama internacional le llegó en 1992, cuando la Academia de Hollywood le entregó el premio Oscar por la fabulosa interpretación del malvado Dr. Hannibal Lecter en The Silence of the Lambs. En medio de otras grandes películas, como Legends of the Fall, Titus, Meet Joe Black o The Mask of Zorro, Anthony Hopkins también fue nominado al Oscar otras tres veces más, por las películas The Remains of the Day (1993), Nixon (1995) y Amistad (1997).
Lejos de figurar en las páginas de chismes, sin salir demasiado, más allá de los grandes estrenos, Anthony Hopkins estaba a punto de cumplir 30 años de casado cuando se divorció de Jennifer Lynton. En marzo de 2003, demostró su preferencia por lo latino casándose con una colombiana: Stella Arroyave, lady Hopkins para los británicos, porque después de haberle dado el título de Comandante de la Orden del Imperio Británico, la mismísima reina de Inglaterra lo nombró Caballero de la Corona.
¿Puede decirme hasta qué punto transformó su vida un premio tan importante como el Oscar?
Todavía tengo que levantarme por la mañana y afeitarme frente a la misma cara de siempre. Así que no cambia demasiado la vida en ese sentido. Pero fue muy bueno ganar un Oscar, como lo fue cuando me nombraron Caballero de la Corona Británica. Pero lo cierto es que uno sigue levantándose por la mañana y la realidad es la misma. No soy inmortal. Claro que es divertido tener un Oscar. Me acuerdo cuando me levanté a recibirlo y fui al escenario para dar las gracias. Por dentro iba pensando: "Ahora puedo hacer malas películas, porque ya no importa". Había llegado a la cima. Pero después seguí haciendo cine y el Oscar seguía ahí parado, recordándome por qué lo había ganado. Tampoco lo miro todos los días para adorarlo, pero la gente lo ve y se sorprende "¡Este es el Oscar!". Es un gran símbolo de éxito, pero uno no puede convertirse en el Oscar, ni en lo que uno piensa que debe ser cuando se gana el Oscar. Hacerlo sería la mejor forma de volverse loco. Y la industria del cine ya está llena de gente loca que se cree Dios (ríe). De verdad, este negocio está repleto de lunáticos. Los veo cuando voy a la entrega del Oscar y te saludan... Hay que tomar todo con cierto sentido del humor para mantener la sensatez.
¿Y el título de Caballero de la Corona Británica? El hecho de llamarse sir Anthony, ¿cambió su vida en algún sentido?
Bueno, consigo una buena mesa en los restaurantes... (ríe). La verdad es que no lo uso desde que me volví ciudadano estadounidense. Pero fue un gran honor recibirlo. Y siempre me olvido que lo soy, hasta que alguien me llama sir Anthony. Me suena extraño. Simplemente me siento mucho más cómodo cuando me llaman Tony o señor Hopkins. Si en un restaurante me llaman "sir Anthony" no lo tomo mal. Ahora, si me dicen "sir Hopkins" está mal dicho. Esto es algo que los estadounidenses no entienden muy bien, pero son graciosos porque vienen y me dicen: "A mí me gustaría llamarlo sir Anthony". Y les doy el gusto permitiéndoles que lo hagan, pero eso no transforma mi vida. Para nada.
























