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Una vida que merece ser contada

AUTOR: Florencia Sañudo | FOTOGRAFÍA: Vanidades | FECHA: 2012-11-01
Una vida que merece ser contada

Recordemos a este icono del feminismo al cumplirse 35 años de su muerte

Con su físico de rubia "Hitchcochniana", Lee Miller podría haber hecho carrera en Hollywood. Deslizarse en la piel de una actriz era el paso previsible para una modelo bella y ambiciosa. Pero ella eligió ponerse en escena a sí misma y ser la protagonista de su propia vida, que no tuvo nada que envidiar a la de un personaje de película, por su valor, por su inteligencia, por su rabiosa independencia, por su libertad sexual en una época en que no era corriente...

Si muchas personas extraordinarias tienen una infancia banal, no puede decirse lo mismo de Elizabeth Lee Miller. Nacida el 23 de abril de 1907 en Poughkeepsie, New York, era la única hija entre dos varones. Su padre, ingeniero, era un apasionado de la fotografía y solía usar a su hija como modelo, a menudo desnuda. Más grande, la fotografiaría con sus amigos, en dudosos cuadros grupales...

A los 8 años, durante una estadía en la casa de unos conocidos de la familia, fue violada por un amigo de su padre, un episodio que le dejó devastadoras secuelas síquicas y físicas (le contagió una enfermedad de transmisión sexual). Fue una niña y una adolescente inteligente, enérgica y tan anárquica, que de cada escuela a la que asistió la expulsaron. Cuando sus contemporáneas imitaban a la delicada Mary Pickford, ella admiraba a Anita Loos, guionista y autora. "Yo era muy bella, parecía un ángel, pero en el interior, era un demonio", recordaría luego.

En su primer viaje a Europa conoció París y quedó prendada de la ciudad que fue para ella el símbolo de estilo y libertad. De regreso a los Estados Unidos, fue "descubierta" personalmente (o así cuenta la leyenda) por el poderoso editor Condé Nast, quien la rescató cuando iba a cruzar la calle sin ver un auto que venía hacia ella. Tras una sola mirada, el magnate de la prensa la contrató como modelo para su publicación Vogue. Tenía 19 años. Un mes después, aparecía en la portada del número del 15 de marzo de 1927. Durante dos años, fue una de las modelos más exitosas de New York, el look del momento, fotografiada por los más célebres profesionales de la época. Pero un episodio que hoy no tendría ningún impacto fue causa de un pequeño escándalo cuando protagonizó el primer anuncio para toallas higiénicas, ¡una osadía sin precedentes!

LIBRE Y SURREALISTA

Irritada por la mojigatería de la sociedad estadounidense de entonces y decidida a aprender fotografía con quien ella consideraba el mejor, volvió a París, esta vez con una carta de presentación para Man Ray. Lo siguió a un bar y, como ella misma contaría más tarde: "Le dije que quería ser su alumna. Me contestó que no tomaba discípulos y que de todas maneras se iba de vacaciones. Le dije: 'Lo sé y me voy con usted', y así lo hice". Inmediatamente seducido, el fotógrafo estadounidense hizo de ella su modelo, su asistente, su musa y su pasión, y le transmitió todo lo que sabía.

Juntos descubrieron y perfeccionaron la técnica de la solarización. Se dice incluso que muchas de las fotografías de Ray de ese período fueron en realidad tomadas por Lee. En todo caso, las fotos surrealistas de Lee son hoy algunas de las más representativas del movimiento. Fue por ese entonces que una compañía francesa de cristalería usó sus pechos para dar forma a sus copas de champán... "De mi oscuro y supuestamente morboso pasado, no diré nada. Me contentaré con decir que todo lo que escuchen sobre mí sea probablemente verdadero", dijo al final de su vida.

Su desenfadada actitud hacia la sexualidad impresionaba incluso a sus amigos surrealistas, entre quienes figuraban Pablo Picasso, el poeta Paul Eluard y el autor Jean Cocteau. Ray estaba profundamente enamorado de ella, pero su libertad sexual lo volvía loco de celos y varias veces la amenazó con suicidarse. Sin embargo, o quizás a causa de ello, Lee decidió regresar a New York, donde abrió un estudio de retratos junto con su hermano. La aventura duraría lo que un suspiro.

En 1934 abandonó esa ciudad para casarse con Aziz Eloui Bey, un guapo millonario egipcio con quien se instaló en El Cairo. De esa aventura (duró tres años) quedan maravillosas fotografías y testimonios de una época que desapareció. En 1937, aburrida, regresó a París y, al poco tiempo, conoció al pintor y coleccionista Roland Penrose, el gran amor de su vida, con quien se casó y tuvo a su único hijo: Antony.

REPORTERA DE GUERRA

En 1940 estaba en Londres cuando comenzaron los bombardeos. A pesar de que podría haberlo hecho, no quiso regresar a la seguridad de los Estados Unidos y prefirió quedarse para fotografiar la ciudad bajo el blitz y, al mismo tiempo, chicas bonitas para Vogue. Pero impulsada por ver la guerra con sus propios ojos, logró que en 1944 el ejército americano la acreditara como fotógrafa, la primera mujer y, durante mucho tiempo, la única en esa peligrosa posición, en la que demostró un coraje a toda prueba. Junto a David Sherman, corresponsal de la revista Life e incidentalmente, su amante, fue testigo de la batalla de Alsacia, del sitio de Saint Malo, de los horrores de los campos de concentración de Buchenwald y Dachau, y del fusilamiento de un primer ministro fascista.

Tras la liberación de París informó sobre el primer desfile de moda; sobre la llegada de Fred Astaire y Marlene Dietrich y sobre la conferencia de prensa del cantante Maurice Chevalier, acusado de colaboracionismo con los nazis...

Sus fotos eran crueles, directas, sin complacencia y, a la vez, muy sutiles e incisivas. Una fotografía de Lee Miller en la bañera del apartamento de Adolfo Hitler en Munich, fruto de su asociación con Sherman, se convirtió en una imagen icónica, símbolo de la victoria aliada. Pero Lee no solamente tomaba fotografías, sino que las acompañaba con textos que hoy también son objeto de una revalorización y considerados en muchos casos pequeñas joyas del periodismo. Su voz era tan vibrante como su mirada.

 

Su famosa foto en la bañera del apartamento de Adolfo Hitler, en Munich, 1945

 

LA COCINA COMO ARTE

A su regreso a Inglaterra, Lee comenzó a sufrir severos episodios de depresión, que después serían diagnosticados como síndrome de estrés postraumático. Ese problema, más el hastío de los trabajos que hacía para Vogue, la empujaron al alcoholismo. Cuando en 1946 descubrió que estaba embarazada, se divorció de Bey y se casó con Penrose. En 1949 compraron Farley Farmhouse, en East Sussex, una casa campestre que en los años 1950 y 1960 fue punto de encuentro de artistas como Henry Moore, Jean Dubuffet, Max Ernst, Joan Miró y Picasso. Allí, Lee realizó numerosos retratos del artista español, de quien fue amiga toda su vida. Lee Miller hablaba raramente de la guerra, pero todas las escenas de las que había sido testigo tuvieron un efecto devastador en su personalidad, del que nunca se recuperó.

Poco a poco fue abandonando el cuarto oscuro y la máquina de escribir, pero, de manera inesperada, encontró una nueva forma de expresar su creatividad: la cocina, una actividad a la que se dedicó con total entrega y elevó a la categoría de arte, y con la que obtuvo muchos premios y reconocimientos. Inevitablemente, sus platos eran unas composiciones originales, con nombres surrealistas como Pechos rosas de coliflor o referencias a las obras de sus amigos. "Mi cocina es muy relajada: me encanta cuando la gente entra y sale cuando estoy cocinando...", decía Lee. (Este año, las Ediciones Grapefruit, de Noruega, publicarán un libro con sus recetas.)

Lee Miller murió de cáncer en Farley Farmhouse, el 21 de julio de 1977, a los 70 años. Sus cenizas fueron esparcidas en el jardín de la casa, su último refugio, donde hoy viven su hijo y sus nietos. Quizás su peor desempeño fue como madre. "No tenía instintos maternales. Era una pésima madre. Los primeros 20 años de mi vida ella estaba como perdida, consumida por el desorden de estrés postraumático", recuerda su hijo. "Fue David Sherman quien me ayudó a comprender su carrera, su valentía, y a ver otros aspectos diferentes al que yo me había enfrentado hasta entonces".

Fundador de los Archivos Lee Miller (www.leemiller.co.uk), Antony hoy es el celoso guardián de su memoria.

 

 

 

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