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El dilema de las comedoras emocionales

AUTOR: G.B. Hernández | FOTOGRAFÍA: Vanidades | FECHA: 2012-10-31
El dilema de las comedoras emocionales

Las señales que revelan a la persona que usa la comida para aliviar sus emociones y las herramientas para controlarlo

Algunas mujeres batallan toda la vida con la balanza. Perder esos kilos o libras de más se vuelve su cruzada personal, una que a menudo ganan y pierden repetidamente, en un ciclo sin final. Algunas no se dan por vencidas y siguen luchando. Otras piensan que "nada de lo que hago para rebajar me funciona" y se resignan a vivir con el sobrepeso y sus consecuencias para la salud, como las enfermedades cardíacas y la diabetes. Pero la realidad es que aunque la gordura puede tener diferentes causas, hasta que estas no se reconocen no es posible buscarles una solución. Y "solución" no significa llenar el molde de perfección o flaquencia que dicta la cultura. Se trata de hallar un peso saludable, de acuerdo con la constitución física de cada cual. Pero en medio de tantas tentaciones y frustraciones... ¿es esto posible o es una forma de torturarnos con metas inalcanzables?

Estas mujeres nos muestran que sí es posible. Ellas descubrieron el motivo que las llevó a tratar de saciar un vacío interior con la comida. A partir de ese descubrimiento, pudieron comenzar a trabajar dentro de sí para alcanzar un peso saludable para ellas. Por supuesto, es importante señalar que las personas con problemas de salud y de obesidad deben consultar con un médico o especialista.

ANA: TRAS LOS PASOS DE MAMÁ

"El primer recuerdo que tengo de mi madre es verla llorar por mi padre. Su matrimonio fue muy tormentoso, por llamarlo así. Cada vez que tenía una pelea con él, ella se dedicaba a comer", cuenta Ana, una maestra de 32 años.

"Desde muy pequeña, yo, su única hija, la acompañaba en esos momentos tristes y comía a la par que ella. Por supuesto, en ningún momento se me ocurrió que esto era una forma de llenar un vacío interior o de aliviar la soledad. Era, simplemente, lo que hacíamos cuando estábamos tristes. Así fueron pasando los años y comencé a engordar. ¡Me vi atrapada en un círculo vicioso! En la escuela los otros niños eran muy crueles y se burlaban de mí. Entonces yo me refugiaba en el comportamiento que había aprendido al lado de mi madre y que era una reacción automática en mí: ¡comer! De esta manera pasé mi adolescencia y gran parte de mi juventud. Hasta que un día recibí un diagnóstico que asustó a mis padres: estaba sufriendo de prediabetes. Si no cambiaba mis hábitos alimenticios, tenía garantizada esa enfermedad. Por suerte, el médico me puso en una dieta sana, pero no se limitó a eso, me envió con una sicóloga que se especializaba en casos de sobrepeso. ¡Eso cambió mi vida! Aunque parezca increíble, por primera vez pude hacer la conexión entre cómo me sentía y cuánto comía. Descubrir la raíz del problema me ayudó a estar alerta para no caer en el comportamiento de siempre. Hoy sé manejar mis emociones sin recurrir automáticamente a hábitos nocivos para mi salud. ¡El conocimiento es poder!".

SILVIA: APRENDÍ A QUERERME

"Mis padres me inscribieron en clases de gimnasia y comencé a competir desde muy pequeña, a los 9 años de edad. ¿Si me gustaba el deporte? ¡Para nada! Pero quizás porque siempre he sido muy aplicada, me destaqué y los maestros me vieron potencial. En realidad, yo prefería estar con mis amiguitas y ver la televisión, pero no podía porque tenía que ir a las prácticas. Siendo una niña, me sentía dividida por dos deseos opuestos: complacer a mis padres y a mis entrenadores y ser yo misma", cuenta Rebeca, una mujer de negocios, de 42 años. "Ese conflicto me llevó a refugiarme en la comida... y, sin que yo lo planeara, fue la solución de mi problema. Comencé a aumentar de peso y a sufrir 'accidentes' que me impedían asistir a las prácticas. Con el tiempo, mis padres se resignaron a que nunca sería la próxima Nadia Comaneci y los entrenadores perdieron interés en mí. Sí, me salí del problema, pero me quedé con otro mayor: la costumbre de escapar de mis problemas a través de la comida".

"Cuando mi primer matrimonio fracasó, tenía casi 30 kilos (más de 66 libras) de sobrepeso. Sin embargo, ocurrió algo fantástico: por primera vez me vi sola, sin necesidad de complacer a otra persona; ya no tenía que usar mi gordura para sabotear los planes que otros tenían para mí. Ahora podía reinventarme, ser yo misma... y comencé a hacer lo que me gustaba en todos los aspectos de mi vida. De repente, estaba muy ocupada como para pasarme el día comiendo y comencé a perder peso de una forma natural. Mirando hacia atrás, descubrí que en el momento en que aprendí a quererme y a respetarme, comencé a tratarme mejor. Eso cambió mi forma de comer y también mi vida".

¿TE DOMINAN LAS EMOCIONES?

Descubre las cuatro claves que revelan a la persona que usa la comida como una forma de aliviar sus emociones. Muchas veces, el solo hecho de reconocer este talón de Aquiles te ayuda a controlar el problema, pues ya no actúas a nivel inconsciente; eres capaz de tomar una decisión más saludable para ti.

Clave A: Cuando comes por motivos que nada tienen que ver con el hambre, se dice que estás comiendo ?emocionalmente?. Esto se debe a que lo que te provoca el deseo de comer no es la sensación física del hambre (ese vacío tan familiar en el estómago), sino alguna emoción, como la ansiedad, la tristeza o la depresión.

Clave B: El hambre física ocurre en forma gradual; el hambre emocional aparece de repente y la persona siente que debe satisfacerla en el acto con un alimento específico (pizza o chocolate).

Clave C: Aunque se sienta llena, la persona con hambre emocional sigue comiendo. En cambio aquella que come para saciar el hambre física, deja de hacerlo cuando ya no la siente.

Clave D: Después de devorar un pastel de chocolate o de "pecar" con un helado repleto de calorías, la persona que come emocionalmente a menudo se siente culpable, al contrario de la que come para saciar el hambre.

LAS "HERRAMIENTAS" PARA CONTROLAR LO QUE SIENTES

1. Determina si eres una comedora emocional y, sobre todo, reconoce qué sentimientos te llevan a comer de más, ya sea ansiedad, temor, depresión, etc.

2. Ten un "plan de acción" para poner en práctica cuando sientas ese impulso de correr a la alacena buscando aliviar tus emociones. Para ello, haz una lista de otras cosas que puedes hacer en lugar de comer, como dar un paseo, leer, practicar un deporte, organizar tu clóset o escribir. La meta es que esta reacción se vuelva automática.

3. Ten siempre a mano alimentos sanos, como frutas, nueces, yogur, etc., para cuando sientas un impulso irresistible de comer algo "prohibido". Pero si el deseo de caer en la tentación con un postre "vedado" es muy fuerte, limítate a uno o dos bocados para saciar el antojo.

4. Recluta a una buena amiga a la que puedas llamar cuando sientas el impulso de comer de más. Comparte con ella tus objetivos y déjale saber cuál es la mejor forma de ayudarte. Ella te recordará tus metas y te brindará su apoyo hasta que pase el deseo intenso de comer.

5. Si flaqueas y caes en la tentación, no tires la toalla ni abandones tus metas. Simplemente analiza por qué caíste, qué te dijiste -o no te dijiste- en esos momentos y determina qué harás la próxima vez que ocurra algo similar. Lo importante es que no repitas este comportamiento con frecuencia.

Si a pesar de tus mejores esfuerzos no logras controlar el hábito de comer cuando te abruman las emociones, busca la ayuda de un  sicólogo o de un programa para personas con este problema. Nunca dudes de que la solución está en tus manos.

 

 

 

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