Foto: Vanidades
1960
La década que se inició con la fina combinación de brillantes aldehídos y delicadas flores en Madame Rochas, de Rochas (1960), continuó con Calèche, de Hermès (1961), una fragancia clásica, con la que siempre sugerirás una imagen de sofisticada moderación.
Muy diferente fue otro perfume que apareció en el paisaje aromático al año siguiente: Jean Desprez mezcló 350 ingredientes florales con ámbar y especias para crear Bal à Versailles (1962). Podemos decir que expresa la intensidad de la vida parisina con un toque histórico; destaparlo produce un ligero mareo por la dulzura de sus notas balsámicas con base amaderada, que nos remonta a los grandes salones en el chateau que asociamos a María Antonieta: la contrapartida perfecta al mundo a punto de estallar con la revolución musical que llegó con The Beatles.
Esta década fue de pura transición, que cerró con las notas verdes y distantes de Calandre, de Paco Rabanne (1969), en contraste con los estallidos durante el año, que abarcaron desde la Primavera de Praga hasta el alunizaje del Apollo 11.
1970
Una década llena de dinamismo que comienza el 22 de enero, cuando Pan American Airlines vuela el primer jumbo 747 de New York a Londres: ambas ciudades como ejes del movimiento mundial.
Mucho antes que ocurriera el boom de la aromaterapia, hizo su entrada Aromatics Elixir, de Clinique (1971), fresco y amaderado. En 1973 apareció Charlie, de Revlon, con aire ligero y juvenil, adecuado para las noches de discoteca.
En lado transgresor de la década, el llamado a romper ataduras y a liberarse parece ser el impulso de una de las fragancias más destacadas de los 70: Opium, de YSL (1977): como el propio Yves Saint Lauren, destila la esencia de su lema "adicto al amor". Y entonces hizo su entrada Anaïs Anaïs, de Cacharel (1978); el distintivo cálido y floral de una generación. Y como cierre a una década díscola, Lauren, un clásico de Ralph Lauren (1978), el lado floral del espectro aromático con un toque de piña (ananás).