El verdadero duque de Edimburgo

Descubre al miembro de la realeza que tuvo fama de indiscreto y de donjuán... Así fue el verdadero duque de Edimburgo

Por vanidades

- 31/08/2021 04:15
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El príncipe Felipe, duque de Edimburgo, y esposo consorte de la reina Isabel II de Inglaterra, no solo fue el personaje indiscreto y supuestamente mujeriego que a veces avergonzó a la monarquía inglesa con sus ofensivos comentarios étnicos, absurdos flirteos e imprudencias, sino que también era un hombre cariñoso, amable y enormemente afectuoso con sus familiares.

Y quien no lo crea,  que se lo pregunte a su hija, la princesa Ana, y a sus nietos. Lo más interesante es que hasta sus los 99 años, el duque de Edimburgo sorprendió a todos al seguir tan alerta y activo como cuando era un joven de 30, y aunque debía caminar cuatro pasos detrás de su mujer, y tenía que llamarla Mam (señora), como lo indica el protocolo, en la vida de Isabel II fue siempre el que mandaba y nunca se sintió como «el segundo violín de la orquesta».

(Foto: Getty Images)

Tan solo hace poco años fue visto al enérgico abuelo manejando un carruaje de caballos igual que montando una minimotocicleta en los jardines de Windsor; de cacería en Sandringham o degustando cerveza Guinness en un pub, durante la histórica primera visita de la reina a Irlanda, y a todos sorprende el amor a la vida del duque. Y ese joie de vivre, que fue su lado más desconocido, hizo a Felipe de Mountbatten un hombre muy interesante.

En una entrevista por su 90 cumpleaños, hecha por un famoso periodista inglés, el duque de Edimburgo, quien se describía como «un hombre impulsivo y puntilloso, que adora el debate», aunque no le gustaba admitir que se equivocó, dijo sentirse a gusto tanto con los tradicionalistas como con los antimonárquicos, aunque era más amigo de los primeros. También dijo que «la familia y el hogar son lo mejor de mi vida».

El verdadero duque de Edimburgo

Criado como un nómada, exiliado de Grecia, separado de sus hermanas, con un padre que jamás se ocupó de él y una madre declarada esquizofrénica y excéntrica, que con el tiempo pasó su vida en un convento, Felipe sintió una gran atracción por el «sentido de familia» de los Windsor, y muy en especial por el amor que una jovencita princesa Isabel «derrochaba hacia su padre y su familia».

Y es curioso saber que la misma pomposidad que a veces demostraba el duque de Edimburgo en público desaparecía completamente cuando está con su familia.

Su hija Ana fue su favorita desde que nació, y en un reciente documental sobre el duque, la muy privada princesa comentó con evidente cariño que «cuando todos los hermanos estábamos creciendo, quien nos contaba cuentos a la hora de dormir y jugaba con nosotros corriendo por los pasillos como otro chiquillo, era nuestro padre y no una nanny

Nuestro padre era nuestro padre, y una nanny jamás tomaba su lugar», y aunque es cierto que a veces puede ser exasperante (y aquí la princesa hizo un simpático gesto con los ojos), «es muy cariñoso con nosotros y con sus nietos.

(Foto: Getty Images)

Su educación

Lleno de energía y entusiasmo, el duque de Edimburgo -que su suegra, la Reina Madre, llegó a llamar «un verdadero caballero inglés»- dijo que su labor es «cuidar a la reina y hacerle su vida más fácil», y eso es exactamente lo que hacía.

De inglés, lo que tiene es su genealogía, que se remonta a la propia reina Victoria, pero era un donjuán griego de nacimiento, que no tenía un solo centavo a su nombre cuando llegó a vivir a Inglaterra y su tío lord Mountbatten lo protegió.

De esta manera, Felipe logró su entrada en la Academia Naval y conocer a la joven princesa Isabel.

Miembro de la familia real danesa-alemana, de la casa Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, Felipe nació príncipe, al ser hijo del príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y de la princesa Alice de Battenberg, nieta de la reina Victoria, pero la familia tuvo que exiliarse cuando era apenas un niño.

Educado en Alemania y el Reino Unido, a los 18 años entró en la Marina inglesa y durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el Mediterráneo y el Pacífico. Sus hermanas se casaron con nobles alemanes, algunos con conexiones con los nazis, lo que ha sido una vergüenza para la familia real.

El romance real

Desde que Felipe e Isabel comenzaron a escribirse cartas en 1939 y a través de la guerra, la ingenua y romántica joven se enamoró locamente del guapo oficial que vivía de la caridad de otros parientes reales, y por quien tuvo que luchar, porque tanto su padre, el rey Jorge VI, como su madre, la reina Elizabeth, se oponían a que Felipe visitara sus palacios y que fueran novios.

Cuando volvieron a verse después de la guerra, Felipe no tenía siquiera la ropa correcta para ir a las comidas y cacerías del castillo de Balmoral cuando Isabel lo invitaba, y el propio rey, muy molesto, tenía que pedirles a sus ayudantes que le cedieran ropa para que el joven príncipe griego pudiera «aparecer en público adecuadamente vestido».

La entonces princesa Isabel con Felipe el día del anuncio de su compromiso, en julio de 1947. (Foto: Getty Images)

Según el rey, Felipe «no tenía siquiera un set de cepillos de pelo y ropa, como debe tener todo caballero bien nacido», además de que era «muy irreverente y atrevido», pues hablaba sin tapujos lo que pensaba y mostraba que era «demasiado seguro de sí mismo».

Una dulce anécdota

Un ejemplo fue cuando Felipe se autoinvitó a una fiesta en el castillo de Balmoral en junio de 1946, donde volvió a ver a la princesa Isabel, a quien había conocido años antes.

Además, existe una carta en la que le pide excusas a la joven «por mi monumental atrevimiento, y aunque me siento muy apenado, siento una voz que me dice que mi acción me permitió la oportunidad de verte y de pasarla maravillosamente».

Después de esto, el joven fue invitado a tres cacerías seguidas y a todas las fiestas reales, aunque «el rey Jorge VI no le hablaba y la reina Elizabeth tampoco».

Marion Crawford, la institutriz de Isabel -quien fue testigo del comienzo de aquel romance real- contó que ella tuvo que lavar y ponerles botones a las dos únicas y muy viejitas camisas del joven, porque «al usar siempre el uniforme de la Marina, que se lo daban gratis, era penoso el descuido de su ropa de civil, que prácticamente no eran más que cinco piezas».

Amor, amor

Aun así, explica que se ganó a Isabel «con mucho cariño, besos y abrazos, al pasear por el jardín… y después de casados con una gran pasión».

Pasión que la futura reina descubrió y no sabía controlar, pues «quería estar encerrada con Felipe en la habitación más tiempo de lo que él mismo deseaba e indiscretamente lo comentaba a sus amigos», según lo dicho por ayudantes del príncipe a la autora Kitty Kelley para su fascinante libro The Royals.

«El la conquistó con enorme naturalidad y gran sentido del humor, y así logró que la futura reina lo obedeciera sin chistar», escribió la Crawford, lo que molestó a todos en la casa real.

«Era muy lindo oír a la princesa por los pasillos del palacio cantando sin cesar la canción People Will Say We’re in Love (La gente dirá que estamos enamorados) del musical Oklahoma, pues, sin duda, era la mujer más feliz del mundo».

Aceptado

El romance era un secreto a voces y el rey, quien adoraba a su hija, tuvo que aceptar que el empobrecido y guapo oficial iba a ser su esposo, y comenzó a darle ascensos en la Marina, ordenó que su sastre le hiciera ropa y se aseguró de que todos respetaran al futuro príncipe consorte.

Isabel y Felipe en su luna de miel, en noviembre de 1947. (Foto: Getty Images)

Esas mismas carantoñas que ganaron a Isabel -de quien se dijo ser «sus ojos y sus oídos, para así protegerla de todo y de todos»- son las que tuvo con sus nietas más pequeñas, como lady Louise, la hija de su hijo Eduardo, y las ya crecidas princesitas Beatrice y Eugenia, hijas del príncipe Andrés, con quienes se lleva de maravilla, bromea mucho y comparte chistes, aunque no puede ver ni en pintura a su madre Sarah Ferguson, por el daño que considera le hizo a la monarquía.

Con los príncipes William y Harry fue «un abuelo ejemplar y divertido, siempre dispuesto a unirse a nosotros en entretenimientos y chistes, y a retarnos a juegos de palabras», según comentaron los chicos en la gran fiesta de cumpleaños que los nietos le dieron al cumplir los 90. Especialmente el pelirrojo Harry estuvo «muy unido» a su abuelo, igual que Zara y Peter Phillips, los hijos ya casados de la princesa Ana.

Excepciones

Sin embargo, a Diana de Gales la puso en su «lista negra» el día que habló por televisión de sus affairs extramatrimoniales, y a Camilla Parker-Bowles, duquesa de Cornwall, tampoco la toleraba, por lo que el príncipe Carlos es quien menos afecto recibía de su padre.

Mi padre quiere disfrutar sus años de semirretiro», dijo con humor su hijo, el príncipe Eduardo, en el reciente documental, «pero no hemos visto evidencia alguna de ello, lo que a todos nos parece fantástico.

(Foto: Getty Images)

Pero el duque de Edimburgo confiesó que «ahora hago las cosas con más espontaneidad, como cuando era más joven».

¡Epocas en que los visitantes a los palacios y amigos del rey Jorge VI llamaban a Felipe «un joven maleducado, que no tenía nada de gentleman».

Y hasta el valet del rey comentó que «un empleado de banco se arreglaba mejor, pues el príncipe poseía una maleta desvencijada y tenía solo un par de viejísimos zapatos que le teníamos que arreglar mientras dormía, pero actuaba como si fuera más importante que Su Majestad».

En recientes fechas

En los últimos años, el duque de Edimburgo se sientía «muy feliz» en su papel de príncipe consorte y rodeado de su gran familia, aunque ya estaba retirado de la vida pública.

«Todos los días abro el periódico para buscar lo que dicen que hice mal el día anterior», dijo con humor  hace pocos años. «Es muy simpático todo lo que inventan de mí».

Y aunque los rumores de infidelidad abundan -cuando se comprometió con Isabel había tenido un apasionado romance con la heredera norteamericana Cobina Wright, quien no quiso casarse con el joven príncipe arruinado-, su matrimonio de más de 70 años con Isabel II fue sólido y, según los que los conocen, «muy dichoso».

Por: Mari Rodríguez Ichaso 

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