Los Románov: la dinastía sin trono que busca recuperar la corona y el poder

¿Qué son los Zares de Rusia? Conoce todo sobre la Dinastía Románov y por qué los mataron. Te revelamos la historia del imperio ruso.

Por melissa

- 31/08/2021 04:03
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¿Qué son los Zares de Rusia? Conoce todo sobre la Dinastía Románov y por qué los mataron. Te revelamos la historia del imperio ruso.

Auspiciados por la Iglesia Ortodoxa Rusa, los descendientes de la dinastía Románov, asesinada el 17 de julio de 1918, regresan como santos al país en pleno Centenario de la Revolución de Octubre para reconciliarse con la historia, la fe… y el poder.

Fueron canonizados en el año 2000, pero no por sus vidas ejemplares, sino por su resignación cristiana para aceptar el martirio.

Los Románov

En la Rusia de Putin, la familia Románov, vueltos íconos y reliquias, sigue despertando pasiones y un curioso síndrome monárquico en la sociedad.

A cien años de la revolución bolchevique que exterminó a la monarquía, Rusia nuevamente tiene un zar:

Vladímir Putin ha estado al mando del país 18 de los 30 años que tiene de refundado, los suficientes para devolver a su pueblo la estabilidad deseada y el prestigio militar de antaño.

Decidido a reconciliar los “pasajes oscuros” del pasado zarista y soviético con el presente de libre mercado y globalización, el zar Putin ha acuñado junto a la Iglesia Ortodoxa nuevos símbolos de poder, como los Santos Románov, canonizados en el año 2000 por su “abnegación cristiana”.

Cómo, si no con fe, se puede resistir el fin del mundo una y otra vez, parece ser el mensaje detrás de esta ironía de la historia rusa.

Foto: Getty Images

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¿La Dinastía Románov regresará al trono?

Los santos patronos de la Era Putin bendicen a los abnegados creyentes de la utopía socialista, los protegen contra las amenazas de Occidente, exaltan los valores de la familia cristiana heterosexual (llenas de princesas de marmórea belleza y hombres poderosos y devotos) y les dan esperanza para el futuro.

Pero, llegada la hora, ¿podrían evitar una sucesión sangrienta? A principios de este año, en el documental Valaam, sobre el más antiguo monasterio del norte de Rusia y donde según los monjes:

«Comienza el camino de Rusia hacia Dios».

Putin comparó la ideología comunista con la cristiana y la visita al mausoleo de Lenin, en la capital rusa, con la adoración de reliquias de los santos.

«De hecho, la ideología comunista es muy parecida al cristianismo. La libertad, la hermandad, la fraternidad, la justicia…todo esto aparece en las Sagradas Escrituras.

¿Y el código del constructor del comunismo? Es una sublimación, un primitivo compendio de la Biblia, no se inventó nada nuevo«, dijo el presidente Putin en el programa.

El filme seguía al mandatario ruso en sus frecuentes peregrinaciones a este sagrado lugar de la República de Carelia, cuyo destino Putin liga constantemente al del país:

«fue abandonado y destruido por la represión comunista, murió con la caída del mundo soviético, pero se levantó de sus rodillas y reconstruyó su esplendor«.

A pesar de la polémica, en ese santuario espejo de Rusia, Putin sólo reconoció una verdad intrínseca del alma rusa:

«La fe siempre nos ha acompañado reforzándose cada vez que nuestro país y nuestro pueblo pasaban por tiempos duros«.

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Los Zares de Rusia (Dinastía Románov)

Románov, 24 años en el poder, innumerables enemigos alrededor deseosos de verlo caer y mucha, mucha fe. El título de Zar y Autócrata de Todas la Rusias no es para débiles.

El amo absoluto de este vasto territorio euroasiático ampliado a punta de guerras, requiere de una férrea convicción en la divinidad de su encargo, amén de ciertas habilidades diplomáticas, militares y carismáticas.

Zar Nicolás II

Sólo lo primero tenía de sobra el zar Nicolás II al iniciar 1917: una absoluta fe en que Dios estaba de su lado.

Acababa de celebrar con pompa y circunstancia los 304 años de reinado de su dinastía: con 50 años, 23 de gobierno, cuatro hermosas hijas, un hijo zarévich enfermo hemofílico y una esposa que ejercía enorme influencia en él, no había logrado igualar la gloria de sus tíos abuelos: Pedro El Grande y Catalina II.

Ni siquiera despertaba el temor de su tatarabuelo Iván El Terrible o su abuelo, el dictador reformista Alejandro III.

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Para principios del siglo XX, Nicolás II era considerado por amigos y enemigos un gobernante pusilánime, manipulable y titubeante, que tenía maneras inglesas y escribía cartas muy románticas.

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Sí, le llamaban “El sanguinario coronado”, un chiste burlón que más tenía que ver con la herencia de su matrimonio maldito con Alix de Hesse-Darmstadt (la nieta de la reina Victoria de Inglaterra, que al convertirse a la ortodoxia pasó a ser Alejandra Fiódorovna Románova, la reencarnación misma del mal agüero para el pueblo ruso).

Foto: Getty Images

Rusia, que para entonces tenía 23 millones de km2 de territorio y había pasado tres cuartos de toda su historia en guerra, era un hervidero de intrigas y descontento social.

El zar recibía infames derrotas en la guerra sino-japonesa (1896), en los Balcanes (1912-13) y se había visto casi obligado a industrializar al país y empoderar con una Duma (consejo parlamentario ruso que designaba manifiestos) a las clases medias urbanas, así que apenas la suerte, como una racha de buenas cosechas, lo mantenía aferrado al trono.

La caída de la dinastía Románov

La mañana del 13 de marzo de 1917 su destino cambió. «¡Todo es traición, cobardía y engaño!», escribió cuando quedó atrapado en su tren imperial, en la estación de Pskov (cerca de Estonia), al tratar de reunirse con su ejército.

Había tardado casi una semana en reaccionar, muy ocupado en cortar el jardín del palacio, y ahora sus ministros, que originalmente desestimaron las masivas revueltas surgidas en Petrogrado y Moscú, le informaban que todo era ya imparable.

«Mi abdicación es necesaria», dijo. «El quid de la cuestión es que es necesario dar este paso, por el bien de la salvación de Rusia y de mantener la calma en el ejército en el frente. Estuve de acuerdo», consignó en su diario.

A pesar de la gravedad de la situación, el todavía emperador mantuvo su impenetrable y famosa poker face cuando, por la noche de ese día, los diputados del gobierno provisional acudieron a su vagón imperial a pedirle que abdicara de una vez por todas, e incluso le dieron un borrador para firmar.

Luego de un rato, Nicolás II se entregó dócilmente. «¡Que Dios ayude a Rusia!», escribió casi como un alivio y abdicó en favor de su hermano menor, el Gran Duque Miguel Alexándrovich, pues no quería ser separado de su amado hijo.

A las tres de la mañana, «con el corazón pesado«, el fallido monarca pudo al fin continuar su viaje hasta Petrogrado, donde ya su familia había sido recluida y humillada por el pueblo.

El príncipe Dimitri Románov, hermano de la Gran Duquesa María, pretendió el trono imperial hasta su fallecimiento en 2016.

La vida de los Zares de Rusia tras el exilio

Si en 1917 hubiera habido Twitter, el monarca habría tuiteado todo su aburrimiento durante todo el año que pasó encerrado en tres distintas residencias, de Petrogrado a Siberia y luego a Ekaterimburgo.

Obsesionado con la temperatura, Nicky, como lo llamaban sus seres queridos, compartiría sus reportes de los días grises y soleados, las fotos que él mismo o el doctor Botkin tomaban durante sus largos paseos familiares, siempre vigilados por cuadrillas revolucionarias, las lecturas diarias y sus entretenimientos teatrales por la tarde.

Entregado a una dócil calma, el ex zar puso su destino en manos de Dios.

¿Cuántos likes recibiría la foto del Zarévich en el huerto o las de sus hermanas tomando el sol en un desvencijado tejado? ¿O las del zar jugando cartas con la zarina? ¿Cuántos habrían trolleado a la princesa Anastasia al haber calificado de “salvajes” a los que destruyeron los Rembrandt y los retratos de Serov en el Palacio de Invierno?

Sabríamos de los dolores de muela de la duquesa Olga, o de las fiebres del cinéfilo Alekséi, de las quejas de Anastasia por su privacidad perdida, del odio que poco a poco se incubaba a su alrededor.

Foto: Getty Images

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Aislados y abandonados por sus aristócratas familiares, la noche del 16 de julio de 1918, los Románov ofrendaron su sangre para pasar a la historia… y al Paraíso.

¿Cómo murieron los Románov?

Casi 30 años de investigaciones forenses revelaron que, esa noche, la familia imperial junto a otros cuatro sirvientes fueron masacrados y rematados con bayonetas en el sótano de la Casa Ipatiev por los bolcheviques radicales de los Urales, al mando del comandante Yákov Yurovski.

Sus restos fueron primero enterrados en dos fosas, en las minas de las afueras boscosas de Ekaterimburgo, luego fueron desenterrados, disueltos en ácido y de nuevo enterrados por separado en el Bosque de Koptiakí.

En los archivos ya desclasificados de la época soviética, no hay ningún documento que inculpe a Lenin de la orden, aunque sí hay telegramas en los que Trotsky insiste en juzgarlos.

«En los archivos desclasificados de la época soviética, no hay documento que inculpe a Lenin de la orden de asesinato, aunque sí hay telegramas de Trotsky exigiendo juzgarlos«.

El secreto a voces del cruel destino de los Románov generó las más descabelladas leyendas de princesas falsas. Durante décadas se rumoró que Anastasia habría sobrevivido

Las reliquias de la Dinastía Románov

Pese a que en 1991 el misterio del siglo XX fue revelado por historiadores disidentes, que aprovecharon el caos de los Años Cero para dar a conocer sus hallazgos, el caso criminal del exterminio de la familia Románov sigue abierto.

Para 1998, un comité de investigación internacional validó con estudios genéticos y moleculares el origen real de cuatro de los primeros siete cuerpos encontrados, mismos que en medio de la controversia fueron enterrados en la Catedral de San Pablo y San Pedro, a orillas del Río Neva.

En el 2007, nuevas excavaciones en la zona arrojaron otros dos esqueletos faltantes, el de Zarévich Alekséi y su hermana, la Gran Duquesa María, según concluyeron los novedosos estudios mitocondriales, para los que hasta le tomaron muestras al rey consorte de Inglaterra, el duque Felipe de Edimburgo, descendiente de los Románov.

Sin embargo, estos restos, insepultos aún, reavivaron “nuevos misterios” en torno a la santificada familia: ¿sus reliquias son capaces de curar o han obrado algún milagro entre quienes los tocaron?

Parece que a los Románov aún les falta mucho para descansar en paz…

La dinastía Románov y Putín

Hoy, en Rusia, todo está a revisión: la historia, el linaje de su monarquía, los milagros de sus santos y las tradiciones.

Sin mucho ánimo de ahondar en las heridas de la historia, los rusos emprenden el camino a la reconciliación nacional zurciendo sus contradicciones con planes mediáticos como el Proyecto Románov, de Russia Today.

La Iglesia Ortodoxa Rusa también ha tenido mucha vela en el entierro de las desconfianzas históricas de los nuevos rusos.

El 15 de agosto del 2000, cuando Putin iniciaba su primer mandato designado por un alcohólico Borís Yeltsin, 153 obispos reunidos en la Catedral moscovita de Cristo El Salvador votaron para canonizar a los últimos Románov:

«por los sufrimientos de su calvario y enfrentar con humildad y resignación cristiana el martirio«.

Receptáculos de la Pasión de Cristo, su muerte fue considerada así «una victoria de la fe sobre el mal»; esto obedeció a la necesidad de mejorar las relaciones con la poderosa facción ortodoxa en el exilio, que ya había canonizado a la familia imperial en 1982.

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Los descendientes de la Dinastía Románov

La rama ortodoxa exiliada desde 1917, duda de la autenticidad de los restos de los Románov, pues el cráneo del zar carece del agujero en la cabeza producto de un atentado que sufrió en Japón, y se aferra a las reliquias que veneran en Bruselas como auténticas.

Gran Duquesa María Vladímirovna

Además, reconocen los derechos agnados (derechos jurídicos pero no consanguíneos) de la Gran Duquesa María Vladímirovna y su hijo Georgui Románov al trono ruso; éstos, por encima de los de la Asociación de la Familia Románov, que disputan los Romanóvich, nietos del zar Alejandro I, aunque no son agnados.

Gran Duque Cirilio Vladímirovich

Los descendientes del Gran Duque Cirilio Vladímirovich, primo del zar Nicolás II, que abrazó la causa revolucionaria y huyó a Finlandia cuando vio todo perdido, nacieron en España y han regresado a Rusia cada vez con más frecuencia.

Gran Duquesa María

La más famosa de ellos es la Gran Duquesa María, quien se ha proclamado emperatriz de Todas las Rusias.

En 2008, cuando la “rehabilitación” de Cirilo I por la justicia rusa devolvió a los Valdímirovich los derechos perdidos, muchos lo consideraron una prueba del poder que va ganando la Gran Duquesa María en la sociedad rusa.

En noviembre de 2017, en pleno Centenario de la Revolución de Octubre, dirigió un mensaje al pueblo en el que repartió culpas y dijo que la:

«desgracia común de la revolución se debía a la profunda crisis espiritual y la poca fe».

Los analistas confirmaron que el regreso de los Románov no tenía nada de espiritual sino de fáctico.

Desde entonces, una especie de síndrome Románov se esparce en la sociedad rusa.

Foto: Getty Images

La Dinastía Románov

La asociación rusa Free History, encabezada por el académico y periodista Mikhail Zygar, creó Project 2017 o Proyecto Románov, un diario zarista en pleno siglo XXI presentado a manera de red social.

La idea es utilizar fotografías y textos reales, recogidos de documentos existentes de la familia imperial rusa y personajes contemporáneos, entre ellos artistas, escritores, familias reales europeas y políticos.

La médula informativa, claro, es el linaje de la dinastía Románov, sus relaciones sociales, miedos y traiciones.

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