¿Qué fue de las joyas de los Románov? Descubre el destino de los tesoros de los zares rusos

¿Quieres saber qué fue las joyas de los Románov? Te contamos su historia y en dónde están los impresionantes tesoros de los zares rusos.

Por melissa

- 31/08/2021 04:14
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¿Quieres saber qué fue las joyas de los Románov? Te contamos su historia y en dónde están los impresionantes tesoros de los zares rusos.

Las joyas de los Románov han ejercido siempre cierto encanto en el público, por el trágico destino de sus dueños y su fama de ser las más suntuosas. Las historias de las damas que las usaron son, a la vez, tristes y fascinantes, y merecen recordarse.

Las piezas de esta colección sobrevivieron a los 18 zares de la dinastía, pero… no todas sobrevivieron a la revolución de octubre.

Algunas se perdieron la noche del 16 de julio de 1918, cuando Nicolás II y su familia murieron en el sótano de la casa Ipatiev, en Ekaterimburgo.

Sus ejecutores contaron que las piedras que las hijas del Zar llevaban cosidas a sus corsés, las salvaron de las balas y hubo que rematarlas con las bayonetas, para cumplir la orden de exterminar a toda la familia.

Otras joyas se fueron con sus dueños al exilio y el resto se exhibe en el Fondo del Diamante del Kremlin, de Moscú.

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Historia de las joyas de los Románov

El iniciador de todo fue Pedro I , el Grande, cuando trajo a Rusia el glamour “aprendido” en sus viajes por el resto de Europa, sacó a las damas de su aislamiento invitándolas a la Corte por primera vez, y creó el actual Fondo del Diamante, donándole a esa institución todas las joyas usadas en su coronación y algunas de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Dictó leyes para evitar que esas joyas se vendieran, regalaran o alteraran, y dispuso que los zares le donaran al Fondo parte de las adquiridas bajo su reinado, y mandó a preparar una habitación en el Palacio de Invierno de San Petersburgo (Cámara del Diamante), donde se alojaron hasta que las llevaron al Kremlin al estallar la Primera Guerra Mundial.

Su hija Isabel adoraba las fiestas y las prendas, y sus pendientes en forma de guirnaldas de flores con abejas, estilo rococó, son célebres.

Como sabía que lucía espectacular con ropa masculina, la Emperatriz ofrecía un baile de gala los martes, donde los hombres tenían que vestirse de mujer y al revés.

A su muerte, dejó 15.000 trajes y miles de zapatos y medias de seda. Pero, a pesar de su debilidad por lo frívolo, caía muy bien en el pueblo, porque no permitió extranjeros en su gobierno ni mandó a ejecutar a nadie.

Copia de la corona imperial de Rusia, manto de coronación usado por Nicolás II y vestidos usados por su madre Maria Feodorovna y esposa Alexandra Feodorovna. Obra de las diseñadoras de vestuario Nadezhda Vasilyeva, Olga Mikhailova y el joyero Pyotr Aksyonov, en la galería comercial GUM. Foto: Getty Images

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Cómo fue que las joyas de los Románov se convirtieron en las más ostentosas y bellas de las monarquías

La más grandiosa, Catalina II la Grande, cambió totalmente la vida social de la corte. Antes de ella, las prendas las usaban principalmente los hombres.

Pero ella reformó el estilo de montar las piedras y las joyas empezaron a lucir más ostentosas y modernas, y se hicieron más accesibles a la mujer, porque, para empezar, exigió que sus 500 damas de honor se vistieran y enjoyaran a la par que ella.

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Sin embargo, aunque su reinado fue llamado “la era de los diamantes”, ella solo usaba joyas en sus apariciones públicas. De su colección es el:

Caesar’s Ruby

Regalo del rey Gustavo III de Suecia, que no era un rubí, sino una turmalina roja de la India. Se trata de un pendiente del tamaño del puño de un bebé, tallado en forma de un racimo de uvas.

Hope Diamond

Entre las curiosidades hay un alfiler de corbata que ella usó como anillo, con un diamante azul, cortado del histórico Le Tavernier de la familia real de Francia.

Por cierto que Le Tavernier se perdió durante la Revolución Francesa y sufrió dos cortes más, después de los cuales se llamó Hope Diamond y hoy pueden verlo con ese nombre en el Museo de Historia Natural de Smithsonian Institution, en Washington DC.

La Gran Corona Imperial

Catalina ordenó trabajos de joyería tan exquisitos como ostentosos, la Gran Corona Imperial, obra del Joyero de la Corte, Jeremia Possier (Pauzie), lleva casi 5.000 diamantes de la India, 75 perlas blancas, y una de las siete piedras históricas (o las siete maravillas de los Romanov) de la Colección Rusa de Diamantes y Piedras: el “rubí” de unos 400 quilates que, como otros rubíes de casas reales, es una espinela.

La de Catalina es la segunda del mundo en tamaño y perteneció por más de 250 años a la monarquía China, hasta que en 1676, el emperador Kon Khan se la mostró a Nicolás Spafari , enviado del Zar… hoy adorna la parte superior de la Corona, debajo de una cruz de diamantes.

El Orbe Imperial

Es una esfera hueca de “oro rojo” rodeada de diamantes y en la parte superior lleva un zafiro de 47 quilates, coronado por una bella cruz de diamantes.

El Cetro Imperial (Diamante Orlov)

Tiene otra de las siete piedras históricas: el Diamante Orlov, de color azul verdoso, y cortado en forma de rosa, que toma su nombre de Grigori Orlov, uno de los primeros amantes de Catalina y, al parecer, el único hombre que ella quiso.

En 1762 (el año de su coronación), Catalina dio a luz al hijo ilegítimo de ambos, Alexei, a quien se le dio el apellido del pueblo de Bobriki donde vivía, y el título de conde Bobrinskoi.

Para 1781, Orlov salió en una misión al extranjero y a su regreso, Catalina lo había suplantado por un hombre más joven. En su obsesión por reconquistarla, el Conde gastó una fortuna para regalarle el diamante que ella había soñado.

Pero aunque la Emperatriz lo honró dándole a la piedra su nombre, Orlov no recuperó su amor. Decepcionado, se fue de Rusia y no volvió hasta poco antes de su muerte, ocurrida en Moscú en el año 1783.

Dicen que en sus días finales, el Conde perdió la razón.

Foto: Getty Images

El Sha

La reina entre las piedras de la Corona, el diamante Sha, tiene 88,70 quilates, y un ligero tinte amarillo, y apareció en la India en el siglo XVI. Es tan perfecta, que solo algunas de sus facetas fueron pulidas levemente, y tiene una linda historia.

Uno de sus dueños, el sha Jahan de la India, se enamoró cuando era príncipe, de la hija de un alto oficial de palacio.

Su nombre era Mumtaz Mahal, y los textos de la época la describen como una belleza de piel blanca y pelo largo, negro y ondulado, y en las miniaturas persas aparece con un adorno de cabeza lleno de joyas y unos aretes que le llegan a los hombros.

Después de la boda, en 1615, ella lo siguió en sus campañas por toda la India, durante las cuales le dio 14 hijos. Estaban juntos cuando Jahan ascendió al trono en 1627 y al año siguiente cuando lo proclamaron Sha de Agra y se repartió entre el pueblo su peso en plata, oro y piedras preciosas.

Cuando ella murió en 1631, él le hizo levantar un mausoleo, que llegaría a ser símbolo del amor y una de las maravillas del mundo moderno, el Taj Mahal, que significa “La Elegida del Palacio”.

El diamante Sha adornaba el trono de Aurungzeb, uno de los hijos de Jahan y Mumtaz, pero los persas se apoderaron de la capital de India y se llevaron el diamante y en 1829, el gobierno de esa nación se lo ofreció al zar Nicolás I, como desagravio por el asesinato de su embajador en Teherán.

Este magnífico diamante “sobrevivió” cuando, en la década de los 20, se vendieron en subastas privadas, más de las dos terceras partes de las joyas del Fondo.

Otras joyas de los Románov

Otras joyas sobrevivieron pruebas peores. Una parte del tesoro que hoy se exhibe en el Kremlin estuvo “perdida” casi tres décadas por un préstamo de 25.000 dólares que la nueva República Rusa le pidió a la República Irlandesa, usando las Joyas de la Corona como colateral.

La operación se hizo en New York, entre el embajador soviético Ludwig Martens y el enviado de Irlanda, T.D. Harry Boland.

Al cambiar el gobierno, Boland regresó a su país, y dejó las joyas con su madre, en Dublín, pidiéndole que las escondiera hasta que los republicanos irlandeses volvieran al poder.

Cuando la señora las devolvió, las joyas fueron guardadas —y olvidadas— en una caja de seguridad, hasta que las encontraron en 1948.

El gobierno irlandés iba a ponerlas a la venta en una subasta en Londres, pero, por una cuestión legal, se las devolvió a la Unión Soviética en 1950, a cambio de los 25.000 dólares prestados.

Hoy, el resto de las joyas del Fondo Estatal se exhibe en el Kremlin, y algunas se han prestado a exposiciones fuera de Rusia.

Huevos de pascua de Faberge (Joyas de los Románov)

La gloria de introducir los huevos de Pascua de Fabergé en la Familia Imperial es de Alejandro III, que estableció la costumbre de celebrar las ocasiones familiares con estos delicados objetos de arte.

Todavía se debate si la idea fue del Zar o si Fabergé creó el huevo para ganarse el favor de la Familia Real. Lo cierto es que Alejandro III lo nombró Orfebre de la Corte, en reconocimiento por el primer huevo de Pascua (el Huevo de Gallina), que el Zar le regaló a su esposa en su aniversario de bodas.

Desde entonces, Fabergé hizo un huevo cada año para los aniversarios de la pareja real.

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El hijo de Alejandro III, Nicolás II, ordenaba dos, uno para su esposa y otro para su madre. Así que no es raro que con el tiempo, los Romanov llegaran a acumular más de 50.

Además de los huevos de Pascua, la Casa Fabergé produjo unas 150.000 piezas, entre 1882 y 1917, desde platería para la mesa hasta la más fina joyería, incluidos los regalos que se hicieron para la coronación de Nicolás II.

Esta firma representó a Rusia en la Feria Mundial de París de 1900. Ese año, salió de la Casa Fabergé en San Petersburgo, la réplica en miniatura de las insignias imperiales (la Gran Corona, la Corona Imperial Menor, el Orbe y el Cetro), trabajados con plata, oro, diamantes, zafiros y rubíes.

Foto: Getty Images

El set completo está sobre un pedestal de mármol en el Museo L’Hermitage, San Petersburgo.

Las joyas perdidas de los Románov

Cuando Nicolás II abdicó al trono en marzo de 1917, había 53 Románov en Rusia, de los cuales 35 pudieron escapar.

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De la familia inmediata del Zar, las únicas que lograron sobrevivir fueron su madre y sus dos hermanas, Xenia y Olga. Su hermano menor, Miguel, fue técnicamente el último zar de Rusia, porque Nicolás II abdicó a favor suyo y él no renunció al trono durante 24 horas.

El capitán me prestó sus binoculares para que le diera una última mirada a mi tierra natal”, escribió Xenia, sobre el último día que pasó en su patria.

Algo en la línea de la costa me llamó la atención y le pregunté: ‘¿Qué son esos bultos negros en la orilla?’, ‘Señora, esa es su platería’, respondió. Yo dije que no me importaba, aunque, tiempo después, cuando me encontré tan mal financieramente, lamenté haberla dejado atrás.

En abril de 1919, Jorge V de Inglaterra envió el barco de guerra HMS Marlborough, a recoger refugiados en Rusia. Entre ellos la madre y las dos hermanas del Zar (Xenia y Olga).

Xenia y su esposo, el gran duque Alejandro, se habían separado y al llegar al exilio, ella se quedó en Londres, donde vivió como huésped de los Reyes en Hampton Court Palace hasta su muerte en 1960.

El Gran Duque murió en Francia, en 1933. Olga y su madre (nacida Dagmar, princesa de Dinamarca ), se refugiaron en Copenhague, pero después de la muerte de Dagmar en 1928, la Gran Duquesa y su esposo se establecieron cerca de Toronto.

Joyas de los Románov

La gran duquesa María Pavlovna, famosa por su extraordinaria colección de joyas y viuda de un tío del Emperador, fue la última de los Románov en dejar su país en espera de un barco que no pasara por Constantinopla, porque allí se acostumbraba a despojar a los viajeros, y ella se negaba “a someterse a esa indignidad”.

Y tuvo que esperar hasta febrero de 1920 cuando apareció un buque que no anclaba en Constantinopla y que la llevó a Venecia.

Iba con su hijo menor, Andrei, la amante y futura esposa de este, la princesa Mathilde Krasinskaia (prima ballerina assoluta del teatro Imperial Mariinsky en San Petersburgo), y el hijo de ambos, Vladimir.

Unos meses después, en septiembre 6 de 1920, la Gran Duquesa murió en Francia a los 66 años.

La reina Mary decidió modificar la tiara Vladimir. Su intención era que pudieran intercambiarse esmeraldas y perlas, que cayeran como gotas entre los diamantes. Y Garrard & Co. se encargó del trabajo.

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