Todo sobre Cayetana de Alba, la mujer de los 19 nombres

Cayetana de Alba: una de las aristócratas más famosas y, al mismo tiempo, de las más misteriosas, apasionadas, intensas y rebeldes, cumpliría 95 años este 2021.

Por reginab

- 31/08/2021 04:03
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Cayetana de Alba: una de las aristócratas más famosas y, al mismo tiempo, de las más misteriosas, apasionadas, intensas y rebeldes, cumpliría 95 años este 2021.

Aquí yace Cayetana de Alba, que vivió como sintió, es el epitafio que ella misma eligió. Y vaya que lo hizo. Antes de morir en 2014 a los 88 años, parecía que llevaba dos centurias viva. Se le veía en decenas de eventos sociales, ya casi hecha una caricatura de sí misma. Con ese rostro tan peculiar de grandes mejillas y boca prominente, provocados por el exceso de botox y cirugías que nunca se supo cuándo se llevaron a cabo. La nariz respingada como con una sensación de malestar y esos ojos brillantes que parecían ávidos de contarle al mundo su historia.

Por: Mónica Isabel Pérez
Lee: 9 datos curiosos sobre la duquesa de Alba.

Cayetana, quien nació en cuna de oro y se convirtió en una mujer hermosa. Tuvo 19 nombres, grandes amores, seis hijos y tantos títulos nobiliarios que se decía que si ella y la reina Isabel II se hubieran encontrado alguna vez paradas ante el umbral de la misma puerta, Cayetana debía pasar primero.

Era cinco veces duquesa, 20 condesa, viscondeza, 18 veces marquesa, condestablesa, condesa-duquesa y fue considerada en 14 distintas ocasiones “grande de España”, la mayor distinción del reino.

Y aunque fue dueña de un récord Guinness por poseer tantos nombramientos, era mortal y la venció una neumonía derivada de una gastroenteritis. Después de todo, era humana.

(Foto: Getty Images)

Cayetana, está tan linda la mar…

Nació en el seno de la más alta aristocracia y su infancia fue idílica, como algunos versos de Rubén Darío: “Tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes, un kiosko de malaquita y un gran manto de tisú”.

Su padre fue el XVII duque de Alba y su madre, la X marquesa de San Vicente del Barco. Descendiente del rey Jacobo II de Inglaterra (por un desliz de éste, quien tuvo un hijo bastardo con su amante, Arabella Churchill), se decía que si Escocia se hubiera independizado, ella habría sido candidata al trono. Quizá por eso, o porque su linaje lo ameritaba, fue bautizada en el Palacio Real de Madrid, en una pila destinada a la monarquía.

Pero para sus padrinos, los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de España, la pequeña merecía el honor y así recibió sus célebres nombres: María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay.

Pero ella eligió para sí Cayetana, del latín caietanus. Y para quienes dudan si nombre es destino, significa “fuerte como una roca”.

(Foto: Getty Images)

Pero no todo en su vida fue color de rosa. Su madre, María del Rosario de Silva y Gurtubay, enfermó de tuberculosis cuando su única hija (a quien dio a luz tras dos abortos involuntarios) era aún pequeña, así que la niña tenía prohibido entrar a su habitación.

De su madre sólo conservó estampas de una mujer débil y moribunda. Y sin afán de disculpar a la duquesa ante sus seis hijos, quienes se han quejado de su mal papel como madre al dejarlos a cargo de niñeras que los maltrataban sin que ella se enterara, y al contraer matrimonio con hombres que no generaron lazos emocionales con ellos, Cayetana no tuvo una figura materna, y es que María del Rosario falleció cuando apenas tenía cinco años de edad.

Para compensar la pena de su hija, Jacobo Fitz- James Stuart y Falcó la llenó de bienes materiales, la rodeó de institutrices y la dejó bajo el cuidado de su abuela materna. Así, diversas mujeres la educaron del modo más sofisticado y al estilo inglés.

Su tiempo libre solía pasarlo con su poni Tommy, y a veces con sus padrinos, los reyes de España. Con el tiempo, la pequeña, quien vio morir a su madre a los 33 años y cuya relación se basó en cartas que se escribían la una a la otra, aun estando en la misma casa, se convirtió en una mujer hermosa, políglota (hablaba francés, inglés, italiano y alemán), elegante y tremendamente poderosa, al grado de parecer tan dura como su nombre preferido.

Sin embargo, era apasionada como pocas mujeres de su clase. Decía que era a causa de su sangre gitana, por lo que amaba bailar flamenco, además de practicar tenis, equitación y esquí. Y pese a las restricciones de los códigos de comportamiento, siempre actuó como una mujer libre.

(Foto: Getty Images)

En sus propias palabras

Debido a su presencia constante en la prensa rosa, decidió contar su historia en Yo, Cayetana (2011) y Lo que la vida me ha enseñado (2013).

El inicio de su primer libro es contundente: “Soy Cayetana de Alba. Tengo otra media docena de nombres y unos cuantos títulos. A menudo se ha escrito que poseo más que ningún otro noble en el mundo. Tal vez. En todo caso, que escriban lo que quieran. ¡Se han dicho tantas cosas! Unas pocas, verdaderas; otras falsas y bastantes bobadas”.

Y es que todo a su alrededor generaba expectativas. Por ejemplo, en su primera boda, con Luis Martínez de Irujo en 1947, llevó una corona de perlas y diamantes. Ésta perteneció a la reina Eugenia de Montijo, regalo de Napoleón II. Aquella ceremonia fue “la más cara en la historia de España”, e incluso el enlace de Isabel II de Inglaterra lució más sencillo en comparación.

(Foto: Getty Images)

Tuvo una luna de miel de ensueño con una escala en Hollywood, donde la pareja se fue de fiesta con leyendas como Gary Cooper, Cary Grant y Marlene Dietrich. Se cuenta que se sorprendían de ver su modernidad que no encajaba con la nobleza europea.

No obstante, “la duquesa rebelde” hizo todo para salir del estereotipo. Cuentan que se vestía de sevillana y paseaba por las calles de esa ciudad que tanto amó (pese a ser madrileña), y que en un viaje a Egipto, en el que el arqueólogo Howard Carter (descubridor de la tumba de Tutankamón) la guió, salió a las calles vestida de mendiga. Esa clase de locuras eran toleradas por su padre, quien mostraba entusiasmo por su niña.

(Foto: Getty Images)

Fiel a sí misma

En sus memorias se sabe poseedora de privilegios por acción del azar. Ella simplemente nació allí. Con eso en mente, procuró la vida que quiso: usó su dinero e influencias, compartió con algunas de las personalidades más interesantes del mundo, pero nunca dejó de ser fiel a su esencia.

Sus matrimonios los decidió por amor. Si bien el primero fue aprobado por su padre, estaba genuinamente enamorada. La unión duró hasta que la muerte los separó.

Su segunda boda con un exsacerdote fue un escándalo; y su tercer esposo, 25 años menor que ella, la llevó a luchar con sus hijos, que temían por su herencia.

Todo lo consiguió, y tal vez su descendencia hoy día hable con facilidad de sus “descuidos”; de hecho, en los últimos años sus hijos han expresado las heridas de su infancia: “Conmigo era especialmente dura”, declaró Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, el actual duque de Alba y su primogénito, en una entrevista en el programa Lazos de sangre.

(Foto: Getty Images)

Su hermano, Cayetano Martínez de Irujo, tampoco dudó en mostrar su postura: “Vivimos aislados tras las verjas del palacio, sin cariño, sin apoyos, sin ayudas emocionales. Nos maltrataban sin saber por qué, elegían hasta el color del jersey que debíamos usar, decidían todas y cada una de las horas de nuestras vidas… Sólo un mes después de su ausencia, comenzó el desgarro”.

Pero ¿es que Cayetana debía ser una madre abnegada? Es un tema controversial, sin duda. No obstante, su estilo de maternidad también mostró al mundo que una mujer podía hacer lo que deseara: tener una familia, bailar flamenco en las calles o en fastuosas fiestas, reír a carcajadas, lucir despeinada, estar a la moda (o no), enamorarse de quien fuera y hacer lo que fuera necesario por mantener vivo el amor.

Hoy día, el duque de Alba acepta que su madre era peculiar: “Nunca me dijo que me quería, pero yo sabía que sí”.

Cayetana era un espíritu libre, imposible de atar a la vida doméstica habiendo recorrido el mundo desde niña. Asimismo, amaba las artes: su maravillosa colección cuenta con pinturas impresionistas (su corriente favorita), piezas de Renoir, Corot, Marc Chagall y Picasso, entre otros. Así como esculturas del siglo I, artes decorativas, tapices, escritos del descubrimiento de América y hasta testamentos de reyes de españoles. Apoyó infinidad de proyectos culturales y, pese a poseer 34 mil hectáreas en propiedades valuadas en cientos de millones de euros, su sencillez se ganó al pueblo español.

(Foto: Getty Images)

Lo que aprendió

“Aunque soy afortunada y pido que la vida continúe así, con el sosiego y la felicidad que disfruto ahora, hasta que Dios decida llamarme, a veces no puedo dejar de preguntarme de qué sirvió tanta tensión entre mis hijos y yo. Cuántos disgustos nos hubiésemos ahorrado de haber creído en mí desde el principio…”, narra en Lo que la vida me ha enseñado.

Aún heredándoles en vida, las disputas eran constantes, pero un día, cerca del final, todo volvió a su cauce. Su salud comenzó a decaer. Se fracturó una pierna durante un paseo y ya no pudo volver a viajar como antes. En 2009 le fue implantada una válvula cerebral por un problema de hidrocefalia tras el cual ya no pudo ser la misma, aunque lo intentó.

Poco antes de su muerte pasó por el hospital y sus hijos declararon que había ido para una revisión. Lo cierto es que su vida estaba en declive.

(Foto: Getty Images)

Falleció el 20 de noviembre de 2014 en su casa favorita, el Palacio de las Dueñas, en Sevilla. Aunque fue hospitalizada, su familia prefirió que se despidiera de la vida en su hogar. El cardenal que ofició la misa de su funeral se refirió a ella como “una noble por herencia y noble, muy noble, de corazón”.

Sus cenizas reposan en Madrid, en el panteón familiar de los De Alba en el Monasterio de la Inmaculada Concepción.

(Foto: Getty Images)

“No sé si te he sabido decir lo que te quiero y lo que te querré”, escribió su viudo Alfonso en una corona de rosas rojas. Y es que la gran duquesa cautivó al mundo desde el primero y hasta el último día. Tenía poco más de 40 títulos nobiliarios, 19 nombres, tantas tierras que se decía que podía recorrer toda España sin salir de ellas… pero para todos y para ella misma, era simplemente Caye.

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