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Almodóvar: Los dolores y las glorias del aclamado cineasta

La última vez que lo entrevistamos en Cannes, el cineasta nos dijo, textual: “He prohibido que escriban algo biográfico sobre mí, y lo pondré también en mi testamento. No quiero biografías, autorizadas o no”. Pidió, incluso: “Por favor, como periodista no permitas que nadie haga un biopic sobre mí. Es un compromiso que me gustaría que adquirieras desde este instante”. Lo cierto es que su nueva cinta, Dolor y gloria, narra, ‘casualmente’, la historia de un director de cine. Una muy parecida a la de él, tanto que muestra, incluso, cómo fue que volvió a trabajar con Antonio Banderas después de 20 años, con una gran diferencia: en el cine, esta vez, el actor malagueño interpreta el rol de Pedro Almodóvar.

(Foto: Getty Images)

¿Resultó un evento más especial el premio de la Palma de Oro como Mejor actor a Antonio Banderas en el Festival de Cannes, al ver que la cinta cuenta tu vida?

Creo que no podré olvidar aquella noche de Cannes, pero tampoco hay que tomar la película de un modo literal. Eso es importante.

¿Quieres decir que no es verdad el tema de la adicción?

En este momento mi principal adicción y mi única dependencia, diría, es dormir ocho horas cada día y tener la certeza de que voy a filmar una nueva película. Eso lo siento, igual que el rol en Dolor y gloria; ésa es la gran dependencia del personaje que interpreta Antonio: la desesperación que le produce la idea que no está físicamente preparado para volver a rodar. Mi gran adicción, ahora mismo, es el cine, ya sea de espectador o narrador.

(Foto: Getty Images)

¿La gloria de un artista puede en ocasiones generar el dolor de un obstáculo o es un alimento que cura el peor pesar?

Llega a ser ambas cosas. En la película, la gloria es evidente porque el personaje, a pesar de todas sus dolencias, tiene una gran casa y vive en un lugar bonito, rodeado de obras hermosas. Y también quería relativizar el padecer del mismo, comparado con el que sufren muchísimas personas con menos posibilidades de soportarlas, como cuando le dice el médico: “Oye, hay gente que está mucho peor”. Su gloria es el lugar en el que vive, que nos informa que ha tenido una vida más luminosa que la que atraviesa en ese periodo. La gloria puede ser un obstáculo, obviamente. Depende de la cabeza y de las necesidades de cada uno.

Y en tu caso, ¿qué significa la gloria del éxito?

Desde muy temprano mi gran ambición fue narrar historias, hacer películas del modo más personal posible que correspondan a mi minúscula mentalidad. Nunca quise salir de esa filosofía y, por supuesto, es un gran riesgo. Hay que asumirlo. Pero, para mí, el significado del éxito es que he podido hacer las cintas que quería, en el que los errores eran míos, que los podía asumir como propios, que no se debían a agentes externos. He sido el dueño de mi carrera. Me parece que ése es el gran sentido del éxito. En cuanto a todo lo demás conviene tener gran cuidado, ya que se te puede ir la cabeza y hay que pisar siempre en suelo firme. El hecho de que en Cannes, por ejemplo, tuviéramos una noche maravillosa, no significa para mí más que haber experimentado un día grandioso. Sin embargo, después los problemas que enfrento son los mismos que antes de vivir ese momento increíble.

¿Qué otros factores sucedieron? ¿Es verdad que en tu infancia habías vivido con tu familia en una cueva?

No, nunca he vivido en una cueva, pero pudo haber pasado. O sea, conozco lo que es una familia, la mía, con la que en 1960 debí emigrar a otra región, en este caso a Extremadura, no a Valencia, y sé lo que es la precariedad de los primeros años. Al igual que el pequeño de la película, vivíamos en una calle salvaje, pero a mí me parecía hacerlo en una película del oeste. Aquella inestabilidad terrible de la post-guerra española no la sentía como tal, pues ya experimentaba con los cromos de las películas, y de esa manera tenía una vida paralela mucho mejor que la real.

(Foto: Getty Images)

¿Y aquel deseo que muestras por un albañil?

Sin duda alguna, se encuentra bastante presente en la película. En el capítulo que llamamos El primer deseo, cuando el niño siente la primera pulsión, hay una escena delicadísima de la que me encuentro muy orgulloso, sobre todo porque incluye a un pequeño de nueve años y tuvimos mucho cuidado. En lo personal, no me enamoré de ningún alma albañil en ese momento de mi vida, pero sí pude haberlo hecho. El filme no se puede tomar como algo literal, pero todo lo que le ocurre al personaje de Antonio podría haberme pasado.

¿Cómo fue que decidiste agregarle tanta ficción a tu realidad?

Hay algunas cosas que sí me sucedieron, pero muchas de ellas fueron parte de la ficción. De hecho, cuando empecé a escribir, las primeras líneas tienen que ver con la realidad, en este caso era con la mía; sin embargo, la ficción aparece enseguida y, a partir de ahí, como escritor tienes que ser fiel a ella, no a lo real. Debes tratar de que aquello como ficción cinematográfica resulte verosímil, aunque se aleje, algunas veces, de la verdad.

¿Y el beso del reencuentro con un viejo amor que mostraste con Antonio Banderas y Leo Sbaraglia?

El beso (que Banderas le da a Sbaraglia) es una de mis escenas predilectas. Está bien ver que dos hombres, de poco más de 50 años, se besan de modo apasionado. Considero que no nos dan muchas imágenes, sobre todo de esa edad. Y eso es parte de mi vida. O sea, sí tuve la experiencia de un amor truncado en un momento en que la pasión estaba viva, pero que por circunstancias tienes que separarte, que es dolorosísimo porque cuando algo está vivo, es antinatural tener que terminarlo y liberarte de ello. Es como cortarte un brazo. Creo que también habrá mucha gente que ha tenido esa experiencia. En mi caso no hubo reconciliación, y por eso me hubiera encantado estar en medio de los dos y poder besar apasionadamente a Leo Sbaraglia y a Antonio Banderas. Pero nunca me he atrevido y mucho menos en los tiempos que corremos.

¿Con Antonio, realmente estuviste peleado los 20 años que no trabajaron juntos?

Era mi familia americana (risas).

En la cinta cuentas tu historia con Antonio, mientras Penélope Cruz interpreta a tu madre en el cine. ¿Qué podemos saber de esa relación con Penélope que no se ve en la pantalla grande?

La descubrí (a Penélope Cruz) en una producción del director Bigas Luna, y desde que la vi en Jamón dije: “Quiero trabajar con ella”.

(Foto: Getty Images)

Si decidiste contar tu historia en el cine, ¿por qué le agregaste tanta ficción?

Trataré de ser breve (risas). En la película me divertía mucho que fuera una señora mayor, de pueblo, la que dijera: “No me gusta la autoficción”. Ahí hay un problema real y es que cuando hablas de ti mismo, inevitablemente incluyes a otras personas, añades momentos que les pertenecen, y es muy delicado porque tienes derecho de contar de ti mismo y tu vida, pero me da pavor que eso pueda afectar a terceros. Entonces, en la autoficción procuro mirar todo con lupa. Como ya he dicho antes, en efecto, estoy proyectado en toda la cinta, pero no hay que tomarla de un modo literal. De lo contrario, al personaje lo hubiera llamado Pedro en vez de Salvador. Lo que sí es cierto es que todos los temas son importantes: la familia, la madre, el deseo, el trabajo, la creación, la infancia… representan mi modo de sentir cada uno de esos asuntos. No puedo darte en porcentaje qué parte es real y qué no. Lo importante es la combinación de ambas cosas.

¿Algún ejemplo en particular?

Por ejemplo, hay una escena improvisada que a mí me parece importantísima en la película, que la escribí una noche antes. Fue la del pasillo, cuando la madre le dice: “Hijo mío, no has sido un buen hijo”, que es una frase brutal, y la siguiente toma es la que ocurre en la terraza, cuando el hijo se excusa por no haber sido lo que ella habría deseado. Ahí se enfrenta a un silencio cruel por parte de la madre. Eso no ocurrió nunca en mi vida. Jamás tuve esa conversación con mi madre, pero, al filmar, llegué a la conclusión de que tenía que escribirla. Hay veces que el rodaje está vivo y los guiones nunca se terminan de escribir hasta que no acabas el montaje. Necesité haber trabajado todas esas semanas para darme cuenta de que eran necesarias esas secuencias. A través de esa ficción descubres cosas de ti mismo, porque esa escena representa algo muy importante: habla de la extrañeza con la que a Salvador lo observaban cuando era pequeño, y no era precisamente con orgullo. Creo que a mí me conmueve tanto porque representa la misma extrañeza que yo hallaba en la mirada de los demás en mi infancia; en el pueblo, de parte de la familia y, sobre todo, en la época escolar, entre los compañeros del colegio. Para un niño, esa mirada que tiene mucho de repulsión, crítica y humillación. Es una experiencia dura, tanto como que tu madre te mire como un ser extraño. Pero, por fortuna, fui un niño fuerte y no pudieron conmigo esas miradas extrañas.

(Foto: Getty Images)

¿Y el miedo de no poder seguir haciendo cine?

Sí. Uno de los fantasmas en la cinta es la idea de no poder volver a filmar. También siento su presencia. El mejor modo de defenderse es tratar de escribir y tener siempre historias en la mano para contar. Es cierto que estoy, entre viajes, escribiendo lo que supongo será la próxima película. Lo que pasa es que está en un proceso todavía muy embrionario. Tengo dos y yo espero terminarlas a mi gusto. No es la primera vez que escribo un guion que al final no me apasiona lo suficiente para rodarlo, porque también, con el hecho de hacer una nueva película, no solo es el miedo a no tener ideas o no estar en forma física, sino a no sentir la pasión que necesito cada vez que emprendo una aventura cinematográfica. Eso es lo que me hace decidir que quiero hacer una película y no otra. Sin duda, tengo miedo de que esa pasión desaparezca.

¿Hoy por hoy conservas la pasión de hacer cine?

De momento existen dos historias de las que no soy autor, son adaptaciones: una de relatos de una escritora y otra de un escritor. Eso es lo mejor para luchar con esa incertidumbre. No puedo darte los nombres todavía, porque si no, a partir de mañana, solo me preguntarían sobre esos proyectos. Pero sí, el mejor modo de luchar contra ese fantasma es tener historias que te interesen. Porque las hay; basta abrir un periódico, ver la televisión o hablar con tus amigos, pero la cuestión está en que te dé la vida en contarlas.

Sin guardaespaldas a cuestas

Pedro Almodóvar se mueve libremente por la playa del Hotel Barrière Le Majestic, entrando y saliendo sin llamar la atención, con el único resguardo de unos lentes de sol. Después de todo nadie se lo imagina andando a su lado y la gente, seguro, pensará: “Se parece a…”, sin darles tiempo para darse cuenta.

Él igual saluda si alguien lo reconoce, con una inteligente táctica: seguir caminando, al igual que por el mundo del cine, sin que nadie lo detenga. Recuerdo aquella vez que tuve la suerte de estar a su lado, en el Teatro Kodak, a punto de recibir el primer Oscar de la mano de Penélope Cruz con Todo sobre mi madre.

Él apenas había salido de la sala para descansar de las cuatro horas de la ceremonia, cuando al querer entrar de vuelta empezaron los gritos porque no lo dejaban volver hasta el siguiente corte comercial. Obviamente, le permitieron pasar (a mí no). Así es él. Nada ni nadie lo detiene. La historia de su vida es una película aparte, aunque tengamos que diferenciar entre la realidad y la ficción.

Por: Fabián W. Waintal / Foto: Getty Images.
Redacción Vanidades

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