Judy Garland: “Si soy una leyenda, ¿por qué estoy tan sola?”

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Ni toda la fama ni todo el cariño de sus admiradores fueron suficientes para una celebridad que al final de sus días se preguntaba: “Si soy una leyenda, ¿por qué estoy tan sola?”.

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A mediados de los años 60, Judy Garland era una de las máximas y más queridas estrellas del espectáculo: sus fans la veneraban, firmó un contrato millonario con la CBS para realizar su propio show de televisión y poco antes, en un espectacular regreso al cine, recibió su segunda nominación al Oscar.

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Pero había algo que sus admiradores ignoraban: su ídolo estaba en la bancarrota. Y es que sus adicciones, una total ignorancia sobre cómo manejar sus finanzas, además de rodearse de embaucadores, la habían orillado a vivir solo con una maleta y depender de amigos que le cedían una habitación… rezando porque Judy no tuviera un ataque psicótico. La propia artista diría en unas grabaciones, hechas en noches de insomnio y que pretendían convertirse en una autobiografía:

“Para mí no hubo nada al final del arcoíris…”.

Sin embargo, ¿qué causó su descenso a los infiernos? Simplemente que Garland fue la víctima perfecta de un star system que un día encumbraba a los actores y, al otro, los desechaba.

Ha nacido una estrella

El matrimonio formado por Frank Gumm y Ethel Milne se dedicaba al espectáculo; él era dueño de un teatro de variedades en Grand Rapids, Minnesota, en donde su esposa tocaba el piano. Los Gumm ya tenían dos hijas, Mary Jane y Dorothy, cuando Ethel quedó embarazada de nuevo, un hecho inesperado para ambos. Como la pareja pasaba por una mala situación económica, Frank decidió pedirle a un médico amigo de la familia que arreglara un aborto para su mujer, pero éste se negó. Así, sin ser deseada, un 10 de junio de 1922 llegó al mundo Judy Garland, o mejor dicho, Frances Ethel Gumm, su verdadero nombre. Como es común en estas historias, la madre de la futura estrella era una artista frustrada que quiso realizarse en sus hijas, por lo que con las dos mayores formó el dueto de las Hermanas Gumm.

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En una ocasión, después de que ellas interpretaron “Jingle Bells”, la pequeña Frances de dos años se coló en el escenario y comenzó a cantar el coro del villancico, haciendo las delicias de un público que aplaudió la ocurrencia, y entre más era aclamada, menores eran sus intenciones de dejar de cantar, por más que su padre le pidiera, tras bambalinas, que bajara de inmediato. Ethel, por su parte, vio en este debut una mina de oro y convirtió el dueto en un trío con la adición de Francis, a quien apodaron “Baby Gumm”. Judy recordaría años después que esos fueron los días más felices de su vida, pero éstos durarían poco, ya que un escándalo obligó a la familia a salir huyendo de la ciudad: Frank Gumm era homosexual, y si bien Ethel ya lo sabía, no contaba con que el romance de su marido con un jovencito se haría público. Tomaron sus maletas y se mudaron a Lancaster, California, cerca de donde una nueva y vibrante industria había florecido: Hollywood. Las niñas comenzaron una estricta formación que incluía clases de canto y baile durante el día, y por las noches la presentación del género teatral conocido como vodevil. El trabajo era tan extenuante, que Ethel ideó algo: darles anfetaminas, y para bajar la excitación de las drogas y pudieran dormir, después tomaban somníferos. “Baby Gumm” no había cumplido aún 10 años cuando comenzó su adicción.

Una niña prodigiosa

A finales de los años 20, las hermanas Gumm habían cobrado cierta fama y fueron invitadas a participar en algunos cortos en los que bailaban y cantaban, y también iniciaron una gira por varias ciudades. Fue en estos años cuando un artista de vodevil le señaló a mamá Ethel que el nombre de “Gumm” era horroroso, por lo que sugirió cambiarlo por uno más alegre: “¿Qué tal Garland?”, propuso. Tiempo después, a los 12, Frances se hartó del “Baby Gumm” y adoptó el “Judy”. Pero si bien Frances, ya convertida en Judy Garland, seguía actuando con sus hermanas, era claro que ella era la estrella.

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¿Su sello distintivo? Una poderosísima voz, algo que no pasó inadvertido por su madre, que se deshizo de sus otras hijas y se enfocó en la carrera de la más pequeña. La llevó a todos los estudios, sin suerte, hasta que una secretaria de la MGM la escuchó y quedó tan sorprendida que le consiguió una audición con el presidente de la compañía: Louis B. Mayer, quien sin pensarlo le extendió un contrato por siete años.

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De esta manera, la adolescente se sumó a las filas de un estudio que tenía a las más importantes figuras del momento, de Joan Crawford a Clark Gable pasando por Greta Garbo, todas producto del llamado star system, un método ideado por el propio Mayer para fabricar estrellas de cine mediante campañas de publicidad; pero este sistema tenía un lado oscuro: los actores se convertían en meras mercancías. En el caso de Judy, aunque encantados con su voz, los directivos de la MGM no sabían qué hacer con ella: con 13 años era muy grande para ser una Shirley Temple y muy joven para convertirse en una Katharine Hepburn, por lo que decidieron ponerla a cantar en pequeñas producciones, hasta que en 1938 por fin fue parte de una cinta importante: Broadway Melody.

El duro camino hacia la fama

Su ascenso no fue fácil. Primero, a los tres meses de haber firmado el contrato con la MGM, su padre murió de meningitis. Además, Judy se sentía insegura de trabajar en unos estudios que eran dueños, literalmente, de algunas de las mujeres más bellas de la industria, como Hedy Lamarr o Lana Turner. Para colmo, al entrar en la adolescencia comenzó a subir de peso. ¿La solución de los estudios? Una estricta dieta basada en sopa, lechuga y 80 cigarrillos diarios. Como el plan no funcionó, se tomó una decisión más radical: administrarle un medicamento que suprimía el apetito.

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El problema es que su madre no informó a los médicos del estudio que la adolescente ya tomaba un coctel de anfetaminas y somníferos, por lo que la nueva píldora tendría efectos terribles en su salud física y mental. A lo anterior hay que sumar la tensión de aprender diálogos, coreografías y canciones; también tener una conducta intachable, pues había firmado una cláusula de moralidad que le prohibía tener citas o acudir a fiestas. Por si fuera poco sufría los maltratos de sus ‘dueños’: Louis B. Mayer la llamaba “pequeña jorobada”, un ejecutivo le dijo que parecía “un cerdo con coletas” y un productor opinaba que bailaba como “un monstruo”. Todo esto hizo estragos en su autoestima y la lanzaron a una eterna búsqueda de aceptación y cariño.

En algún lugar sobre el arcoíris…

En 1939, con 16 años, llegaría el papel definitivo. Se trataba del protagónico de la gran apuesta de la MGM para ese año: un musical filmado a color, basado en un popular cuento infantil: The Wizard of Oz. La cinta lanzó a la actriz a la fama, aunque el rodaje fue una pesadilla.

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El personaje era para una niña de 12 años e incluso se consideró a Shirley Temple para el papel, pero como sus estudios no quisieron prestarla, la MGM recurrió a su mejor cantante, solo que caracterizada con coletas y usando un apretado corsé que ocultaba sus pechos. Desde luego, también en esta cinta Garland fue maltratada, como en una ocasión en que no podía abofetear a Zeke, “el león cobarde”, y el director Victor Fleming le dio a ella un par de cachetadas para que entendiera cómo hacerlo. Una vez estrenada la película más cara de MGM recibió estupendas críticas, pero no recuperó su millonaria inversión de inmediato.

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Eso no fue todo: en la 12ª entrega de los premios Oscar, apenas logró dos estatuillas: Mejor canción y Banda sonora, mientras que Gone with the Wind arrasó. Pese a esto, la cinta significó un éxito para Judy, quien ganó el Premio Juvenil de la Academia y, más importante: su interpretación de “Over the Rainbow” la catapultó a la fama. Irónicamente la canción estuvo a punto de ser eliminada de la cinta. Pero ¿qué la hace tan memorable? La propia Garland lo explicó en una carta a Harold Arlen, autor de la música:

“Simboliza tan bien los deseos y sueños de la gente, que estoy segura de que ése es el motivo por el que las personas lloran cuando la oyen”.

Una anécdota de su amiga, la actriz Hedy Lamarr, revela mucho de su personalidad; en sus memorias, la austriaca cuenta que en una fiesta, el anfitrión advirtió que Judy Garland estaba invitada y pidió a todos que fueran amables con ella, pues unos días antes había intentado suicidarse. Cuando la actriz llegó cortó la tensión diciendo:

“Bueno, como saben hace una semana me corté las venas; ¡pero aquí estoy, así que empiece la fiesta!”.

El inesperado fin de mamá

Ethel Milne, su madre, fue la encargada de impulsar su carrera, pero también, tristemente, quien la inició en la adicción. Hacia los años 50, después de que Judy decidiera alejarse de ella, Ethel acabó en la quiebra y para sobrevivir tuvo que trabajar de sobrecargo, situación que reveló en una escandalosa entrevista. Judy solo declaró que su madre había dilapidado el dinero que ganó con ella.

Los duros años en la cima

Con el inesperado éxito de Judy, la MGM se encontró con que por fin su inversión empezaba a rendir frutos, así que le aumentó el sueldo… pero también la obligó a trabajar sin descanso. En los siguientes tres años, ¡filmó 10 películas! Desde luego, el cóctel de pastillas hacía que pudiera mantener el ritmo. Pero la actriz ansiaba salir de esa rutina y, pese al contrato de moralidad, comenzó a tener citas.

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La más significativa fue con el compositor David Rose, ella tenía 18 años y él, 30. Tanto su madre como el estudio desaprobaban la relación, por lo que la pareja se casó en secreto en Las Vegas. No pasó tiempo para que los recién casados descubrieran dos cosas: que tenían poco en común y que Judy estaba embarazada. Tanto MGM, como Ethel y el propio Rose decidieron que a nadie convenía un bebé y hablaron con Garland: tenía que abortar, a lo cual debió acceder en contra de su voluntad. Decepcionada del matrimonio, se separó y empezó a tener aventuras, una con el productor y director Joseph Mankiewicz (famoso por dirigir entre otras, Cleopatra, con Elizabeth Taylor). Ese romance la salvó por un tiempo: su amante era aficionado a la psiquiatría y la convenció de tomar terapia. Pero tiempo después, la dejaría. En pleno éxito, la estabilidad emocional de Judy comenzó a resquebrajarse; sin embargo, aún le esperaban éxitos. En 1944 filmó el musical Meet Me in St. Louis, bajo la dirección de Vincente Minnelli, quien no solo explotaría al máximo el talento de la estrella, sino que incluso cambiaría su imagen, haciendo que por vez primera Garland se sintiera atractiva en la pantalla. El respeto por su director se tornó en amor e iniciaron un idilio a pesar de las advertencias de que era homosexual, pero ni siquiera el hecho de que el director utilizara más maquillaje que ella la hicieron desistir y terminaron casados. De esta unión nacería su primera hija: Liza.

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Enfrentando sus demonios

Para la segunda mitad de los 40, Judy estaba en la cumbre de su fama y justo entonces, cuando lo tenía todo, los años de tomar pastillas pasarían la factura: en 1947, durante The Pirate, dirigida por Minnelli, sufrió una crisis nerviosa que la obligó a internarse en un hospital psiquiátrico, pero lo cinta debía terminarse y contra los consejos de sus médicos el estudio la obligó a regresar y acabar. Sus compañeros recuerdan a una Judy paranoica que en una ocasión, cuando vio unas fogatas que aparecían en una escena, gritó que querían quemarla. El rodaje llegó a su fin, pero la cinta fue un fracaso comercial. Los médicos insistían en que se tenía que internar para tratar sus adicciones; sin embargo, Louis B. Mayer se negó. La actriz logró sacar adelante una película más, pero en sus siguientes proyectos llegaba tarde o no aparecía, y cuando lo hacía se mostraba tambaleante, cansada y enajenada, producto de su nuevo amor: la morfina. Fue entonces cuando comenzó a ser sustituida, incluso en plena filmación: su papel en The Barkleys of Broadway se lo dieron a Ginger Rogers; el de Annie Get Your Gun terminó en manos de Betty Hutton y el de Royal Wedding fue para Jane Powell. Al final, los estudios se hartaron y la despidieron. La actriz, por su parte, descubrió una infidelidad homosexual de Vincente y su reacción fue cortarse las venas. Si bien sobrevivió a su intento de suicidio, lo siguiente en el camino no sería tan fácil.

The Judy Garland Show

Entre 1963 y 1964 la cantante condujo su propio programa de TV para la CBS. Entre las estrellas invitadas estuvieron: su hija Liza Minnelli, Lena Horne, Tony Bennett, Barbra Streisand, Peggy Lee, Chita Rivera, Count Basie y muchas otras.

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Pese a esto, el show no pudo competir con la popular serie de vaqueros Bonanza, que transmitía, en el mismo horario, una cadena rival.

Una segunda oportunidad

Echada de la MGM y con fama de ser problemática, Garland no encontró trabajo en otro estudio; además, con 28 años parecía mucho mayor por culpa de las pastillas. Pero aún tenía algo que ofrecer: su voz. Así, ya divorciada de Minnelli, se refugió en la radio y comenzó una serie de conciertos, primero en Reino Unido y después en Broadway, que confirmaron su estatus de mito.

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También se enamoró, esta vez de un antiguo admirador: Sidney Luft, quien sería su tercer marido y el padre de sus hijos, Lorna y Joseph. Luft se convertiría también en su representante y se encargaría de que volviera al cine. Renovada, la estrella se preparó para el papel que, después de Dorothy, sería uno de los más importantes de su carrera: Vicki Lester, de A Star Is Born. Pero una vez más, en esta ocasión con el pretexto de la muerte de su madre decidió afrontar la filmación recurriendo a las pastillas, llegando al extremo de robar medicamentos de sus amistades. Las alarmas se prendieron cuando comenzó a comportarse como en sus últimos años en la MGM. Pese a todo, la filmación concluyó y la cinta se volvió un éxito. Judy fue nominada al Oscar, mas no lo obtuvo. Se rumora que los estudios Warner influyeron en dicha decisión como revancha por los problemas que su protagonista les ofreció durante el rodaje. Pero perder la estatuilla dorada sería la menor de sus preocupaciones: su esposo, Sidney Luft, había resultado un pésimo administrador, además de apostador, y la pareja debía cientos de miles de dólares.

Una sentencia de muerte

Durante la segunda mitad de los 50, no le quedó otro remedio que trabajar: el cine estaba descartado, pero las giras y la televisión la mantuvieron ocupada a un ritmo tal que, para variar, tuvo que recurrir a anfetaminas. Tenía el pretexto ideal: se divorció de Luft. En estos años logró estupendas ganancias, incluso en 1956 se convirtió en la artista mejor pagada de Las Vegas, pero todo el dinero se iba en cubrir sus deudas. A finales de los 50, la estrella recibió una noticia que cimbró su mundo: había engordado a un punto tal, que acudió al médico para un chequeo. ¿El diagnóstico? Hepatitis. El pronóstico: cinco años de vida y jamás volver a cantar.

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Sorprendentemente, la autodestructiva Garland hizo caso a este llamado de atención y tras siete semanas hospitalizada, se recuperó. Pero si bien debió descansar más, a la endeudada artista no le quedó más que regresar al trabajo de la mano de un nuevo agente, que logró que fuera aceptada otra vez en la pantalla grande. Tras años de haber estado alejada de los estudios, en 1961 se unió al reparto multiestelar de Judgment at Nuremberg. Lo hizo tan bien que una vez más fue nominada al premio de la Academia. De nuevo se le negó el galardón. Aun cuando en los siguientes dos años participó en un par de cintas, su carrera como actriz quedó en segundo plano y en los años 60 sus presentaciones fueron prioritarias, y es que la estrella al parecer ya había encontrado al amante que tanto había ansiado: el público que asistía a sus conciertos. Sin embargo, ni éste logró que se olvidara de las pastillas y el alcohol.

La recta final

A mediados de los 60, Judy trabajó como nunca; debía realizar la mayor cantidad de conciertos posibles, pues seguía con las deudas hasta el cuello. No obstante, no pudo seguir el ritmo y terminó sufriendo una crisis nerviosa. Se internó, pero no concluyó el tratamiento, y volvió a refugiarse en las adicciones y en un hombre: Mark Herron. Él era gay, lo que una vez más no fue impedimento para que ella decidiera casarse. Se separaron a los seis meses. En ese tiempo, casi obtuvo un papel en la cinta Valley of the Dolls, pero para variar fue sustituida por no presentarse a los ensayos. Además, comenzó a comportarse de manera errática en sus conciertos. Su hija Liza se independizó, y Lorna y Joseph se mudaron con su padre. Sola, Garland vivía dando tumbos, dependiendo de la caridad de otros hasta que conoció al dueño de una discoteca, Mickey Deans. Fue entonces que a su lado decidió mudarse a Londres, donde se sabía adorada.

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Tras casarse, la diva comenzó a hacer planes: cantó en los locales gay de la capital inglesa. Realizó un exitosa presentación en Copenhague y quedó pendiente una actuación en el Olympia de París que no pudo ser: el 22 de junio, a los 47 años, su marido la halló muerta en el baño. Se dijo que sufrió un paro cardiaco, pero es sabido que se trató de una sobredosis de barbitúricos quizás accidental, tal vez provocada. ¿Qué más daba? La frágil Judy por fin descansaba y el mundo, al conocer la noticia, entonaba “Over the Rainbow”, deseando que la diva se encontrara justo allí, en espera de que la fortuna le sonriera esta vez para siempre.

Icono de la comunidad gay

¿Qué convirtió a Garland en una de las estrellas consentidas de este sector? Hay varias teorías, pero la más popular es que en los 50 y 60 preguntar: “¿Eres amigo de Dorothy?”, era una clave para averiguar si la otra persona era homosexual. Por eso, días después de la muerte de Judy, en un bar gay de Nueva York, el Stonewall Inn, un grupo de admiradores se reunió para celebrar su vida. De pronto, la policía irrumpió para realizar una redada que terminó en un disturbio. Pues bien: ese hecho, se considera el inició del movimiento por los derechos LGBT.

Por: Rodrigo de Alba / Foto: Getty Images
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