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Jacqueline Kennedy, del dolor a las relaciones prohibidas

Por vanidades

- 28/10/2021 04:11

La escritora Barbara Leaming hace numerosas revelaciones sobre
el período más turbulento en la vida de la ex primera dama estadounidense: después del asesinato de su esposo

No era fácil ser la esposa de John F. Kennedy. Y menos para Jacqueline Bouvier, quien estaba locamente enamorada de su infiel marido y tenía que aparentar que no sabía nada de lo que el presidente de los Estados Unidos hacía a sus espaldas.

Pero Jacqueline Kennedy era una mujer joven muy educada, con gran control de sus emociones, y sabía a la perfección cómo debía actuar, aunque estuviese destrozada en su interior. Era la primera dama más admirada del mundo, la mujer glamorosa y chic que llevó elegancia y refinamiento a la Casa Blanca. La joven y guapa esposa del atractivo presidente era también la madre de dos hijos preciosos, Caroline y John, quienes tenían fascinados a todo el país.

Cuando John F. Kennedy fue asesinado delante de Jackie aquel fatídico día 22 de noviembre de 1963, en Dallas, Texas, y un trozo de su cerebro cayó en su traje de color rosado, la vida de ella se desmoronó inesperadamente. Jackie no pudo seguir siendo la mujer perfecta que todo lo hacía bien. Un nuevo libro de la respetada biógrafa Barbara Leaming, titulado Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis: The Untold Story» (Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis: la historia que no ha sido contada), publicado por Thomas Dunne Books, aporta más revelaciones de aquel turbulento período de su vida. Cuando pasó el impresionante funeral de su marido, Jackie y sus hijos tuvieron que mudarse con rapidez de la Casa Blanca -la familia del nuevo presidente Lyndon Johnson quería tomar posesión de la residencia y no deseaba esperar- a una casa en el barrio de Georgetown, de Washington D.C., donde comenzó una etapa terrible para ella.

Jackie recordó que en el hospital Parkland, en Dallas, ella se había arrodillado junto a la camilla de su marido, sobre el piso manchado por un torrente de sangre, donde trataban en vano de salvarle la vida. Después, comenzó a besarle los dedos de los pies, las manos, el estómago y los
labios, mientras trataba de ponerle su alianza de oro, la que apenas le llegó a la coyuntura del dedo meñique del ya fallecido presidente.

Esa escena nunca la olvidó, y después del entierro siguieron día y días de llanto incontrolable, encerrada en su cuarto y sin querer recibir a nadie, mientras que a su vez debía consolar a sus hijos pequeños, especialmente a Caroline, de solo 6 años, que no entendía por qué súbitamente había perdido al papá que tanto adoraba. Por las noches, Jackie podía dormirse sólo tomando vodka y así olvidaba por unas horas la tragedia que había vivido. Tenía terribles pesadillas y daba horribles gritos que en muchas ocasiones despertaron a sus hijos y al servicio de la nueva casa de Georgetown.

Para Jackie, lo sucedido era tan inesperado, que no podía darle frente a su dolor, y como no tenía a quien contarle lo que sentía (nunca tuvo amigas iíntimas, ni nadie en su fría y distante familia en quien confiar algo tan sentimental e íntimo) se refugió en el sacerdote McSorley, de Georgetown, a quien confió en una conversación que había considerado escapar a su sufrimiento con el suicidio, pero que después de visitar la caótica casa de Bobby Kennedy y de su esposa Ethel, se había dado cuenta de que «no podía dejar a sus hijos huérfanos y menos viviendo en aquella casa de Hickory Hill, llena de niños, donde nadie los iba a poder cuidar como era debido». Cuando contestó con cartas de puño y letra las muestras de condolencias, le escribió con gran tristeza a su amigo, el primer ministro inglés Harold Macmillan: «Mi futuro murió con la muerte de mi marido». Él le aconsejó que debía buscar ayuda profesional, porque esa sensación era señal del síndrome postraumático que sufrían los que regresaban de las guerras.

FOTOGALERÍA: JACQUELINE KENNEDY, NUEVAS REVELACIONES

Meses más tarde, Jackie tuvo la suerte de recuperarse de lo ocurrido al sentarse a grabar sus recuerdos con el famoso escritor William Manchester, quien estaba escribiendo la biografía de John F. Kennedy. Aquellas confesiones fueron realmente sinceras, y la publicación del libro trajo más tarde todo un escándalo y líos judiciales. Un año después de ser viuda, mucho más recuperada, y tras un breve romance con su guapo guardaespaldas Clint Hill, Jackie vivió una aventura pasional en los brazos del arquitecto John Carl Warnecke, quien había sido amigo del fallecido presidente y fue escogido para diseñar su tumba en Arlington National Cemetery.

Altísimo, culto, educado, siempre muy bien vestido, casado y con tres hijos, Warnecke tenía 40 y tantos años y el físico atlético e imponente de un exjugador de fútbol, que inspiraba gran protección. Según el arquitecto, quien mantuvo su silencio durante muchos años, el mismo día que Jackie aprobó los planes de la tumba de John durmió con él e iniciaron su relación íntima. Aquello no fue un gran amor para ella, pero sí lo fue para él. Aun así, estuvieron juntos dos años y el romance fue tan cálido y apasionado, que la pareja viajaba junta a menudo; en 1966, incluso, pasaron unas idílicas vacaciones en Hawai. Los rumores de su relación se escuchaban, pero en un mundo sin Internet ni noticias las 24 horas, era mucho más fácil mantener la vida privada ¡lo más privada posible!

Poco después, Jackie decidió mudarse a Nueva York, donde pensó que ella y sus hijos podrían iniciar una nueva vida, como, en efecto, ocurrió. El año 1965 fue de recuperación física y emocional, y Nueva York era la ciudad perfecta para ello. No sólo tenía a Warnecke, sino que disfrutaba de muchas noches de fiesta en lugares de moda en la Gran Manzana, como el Sign of the Dove, y discotecas y clubes como Arthur y Le Club, y bebía y bailaba en el muy de moda Frug. El luto había terminado y Nueva York ofrecía nuevos amigos, muchos de ellos casados, como John Kenneth Galbraith y Robert McNamara; el director de cine Mike Nichols, y el cantante y actor Frank Sinatra, con quienes salía y viajaba. De alguna forma su fama y su fortuna la hacían sentirse inmune a las leyes morales de los otros mortales. Tal como hizo al final de su vida, cuando se enamoró y vivió muchos años con el casadísimo comerciante de diamantes Maurice Tempelsman, Jackie actuaba por encima de los convencionalismos sociales y hacía lo que quería.

El asesinato de su cuñado Robert F. Kennedy en 1968 hizo que Jackie quisiera huir de Estados Unidos. «Están matando a los Kennedy y tengo que salvar a mis hijos», dijo, y fue el multimillonario armador griego Aristóteles Onnasis su salvador. Un hombre que conocía desde 1963, cuando poco antes del asesinato de su marido y por instancia de su hermana Lee Radziwill (quien se dice tenía amores con Onassis, aunque la amante oficial de este era la cantante Maria Callas), Jackie aceptó la invitación a un crucero por el Mediterráneo en el yate Christina, de Onassis. Muy seguro de sí mismo, aunque bajito y poco atractivo, Onassis era un hombre lleno de vida y de millones.

Onassis le ofreció a Jackie diamantes, rubíes, esmeraldas y la promesa de una vida suntuosa entre París, la isla de Skorpios, en Grecia, y Nueva York, y fue una tentación tan grande, que Jackie aceptó sin pensarlo mucho. Cuando se casó con el multimillonario, vestida de Valentino, el mundo se horrorizó. ¿Cómo era posible que la «viuda santa» se casara con un extranjero?

Pero Jackie quería comenzar de nuevo, y aunque la pareja se fue alejando poco a poco -se dijo que al final Onassis estaba preparando su demanda de divorcio-, estuvieron casados desde 1968 hasta la muerte de Onassis en 1975. Con más millones de dólares y con deseos de volver a empezar, Jackie regresó a Nueva York, a su apartamento en el 1040 de la Quinta Avenida, a vivir con sus hijos y a trabajar como editora de libros.

Enamorada de nuevo, esta vez de Maurice Tempelsman, Jackie murió en 1994, a los 64 años, de linfoma non-Hodgkin. Ella interrumpió su tratamiento cuando le dijeron que no tenía cura, y después de despedirse de sus amigos y de sus familiares, murió «como quiso, rodeada de sus libros y de su música favorita de cantos gregorianos».

John Carl Warnecke murió en el 2010, después de haberse divorciado dos veces, y todos dicen que siguió enamorado de Jackie hasta el final de su vida.

FOTOGALERÍA: JACQUELINE KENNEDY, NUEVAS REVELACIONES

Por: Redacción Vanidades / Foto: archivo

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