Realeza

Las peores noches de boda en la historia de la realeza

¿Cuáles son las peores noches de boda de la historia de la realeza? Te contamos algunos de los momentos íntimos más incómodos de los royals.

Por Melisa Velázquez

- 27/10/2021 09:00
Noches de boda de la realeza

Noches de boda de la realeza (Getty Images)

Las bodas reales no siempre son el final feliz que todos esperan, muchas suponen el inicio de una terrible vida conyugal. Conoce las historias de las peores noches de boda de la historia de la realeza.

Las peores noches de boda de la historia de la realeza

Isabel de Baviera y Francisco José I de Austria

El 24 de abril de 1854 se celebró el enlace matrimonial de Francisco José I de Austria con la emperatriz Isabel de Baviera, mejor conocida como Sissi.

Aunque Francisco José estaba locamente enamorado de su esposa, ella no se sentía lista para la intimidad, pues apenas tenía 16 años de edad. Sissi lloró durante toda la noche de bodas.

Finalmente, el matrimonio entre Isabel y Francisco José se consumaría tres días después de haberse celebrado la boda.

Josefa Amalia de Sajonia y Fernando VII

La joven se había criado en un convento y pasó verdadero pánico al tener que consumar su matrimonio con Fernando VII.

Cuando María Josefa vio aparecer al rey, grueso, enorme, feroz, desnudo y excitado, comenzó a gritar y a correr como alma que lleva el diablo. Cabe decir que, por si fuera poco, ni siquiera se entendían: ella no sabía español ni él alemán.

El monarca  tuvo que pedir la ayuda de su cuñada y una sirvienta para que instruyeran a su joven esposa, se dice que hasta el Papa Pío VII tuvo que convencerla de que la noche de bodas no era pecado mortal, como ella creía.

Pero María Josefa no pudo soportar el pánico y acabó por irse de vientre: orinó y defecó durante el acto, manchando a su pareja. El rey huyó muy enfadado de la alcoba.

Jorge IV del Reino Unido y Carolina de Brunswick

En lo que respecta a escándalos reales, la historia del rey Jorge IV y la princesa Carolina de Brunswick es impactante.

En 1795, el entonces príncipe de Gales, promiscuo personaje conocido por sus excesos con la bebida y la adicción al juego, aceptó casarse con su prima alemana a cambio de que el Parlamento inglés le saldara sus deudas.

Pero el arreglo no era del todo fácil, porque él y la diminuta, pero corpulenta Carolina (que dicen las malas lenguas no se bañaba ni lavaba sus prendas íntimas muy seguido), se detestaron desde el primer momento.

No obstante, tres días después y con unas cuantas botellas de más, Jorge llegó tambaleante al altar para cumplir con el compromiso con Carolina de Brunswick, culminando con una noche de bodas desastrosa para ambos.

Se dice que Carolina se quejó del terrible desempeño de su marido, a causa de su estado de ebriedad, comentarios que no le gustaron para nada al monarca.

Catalina la Grande y Pedro III de Rusia

El 21 de agosto de 1745, Catalina tenía 16 años y Pedro 17 cuando se casaron en la catedral de Kazán, San Petersburgo.

Después de la ceremonia, hubo banquete y baile en palacio. Y cuando al fin los novios estuvieron solos en su cuarto, el Duque se acostó al lado de su esposa, sin mirarla, y se quedó dormido.

Las noches siguientes él tampoco la tocó. Ella escribiría:

Mi querido esposo no se ocupaba de mí y pasaba todo el tiempo con sus lacayos, jugando con sus soldados de plomo; yo me veía obligada a representar mi papel”.

La vida de Catalina era un infierno. Pedro era alcohólico, estaba loco, y era impotente. Tenía fimosis, un problema que le impedía disfrutar del sexo.

María Antonieta de Austria y Luis XVI de Francia

La pobrereina María Antonieta de Francia tuvo mala suerte desde que puso el primer pie en Francia, porque el pueblo nunca la quiso.

Tenía apenas 12 años cuando fue “elegida” para casarse con el futuro Luis XVI de Francia . La boda con “la austríaca” de 15 años, como la llamaban con desprecio los franceses, se celebró por poder y un mes más tarde los jóvenes se vieron por primera vez, y aunque en la noche de bodas “no pasó nada”, con el tiempo tuvieron tres hijos.

Al día siguiente de la boda, el Delfín escribió su famoso “nada” en su diario. El matrimonio no se había consumado, pero tampoco se con- sumaría hasta mucho después.

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