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Los Románov: A cien años de la caída del imperio

Este mes de julio se cumple un siglo de la tragedia, y el libro Los Románov de Simon Sebag Montefiore (que abarca la historia de la Rusia imperial), nos revela a profundidad lo ocurrido en esa nación hasta el asesinato de la familia real, perpetrado en un sótano de la ciudad de Ekaterimburgo el 16 de julio de 1918.

Y aquella foto tomada hace cien años, poco antes de la sangrienta ejecución, en la que se puede ver al zar Nicolás junto a su esposa, la zarina Alejandra, y a sus cinco jóvenes hijos (Olga, Tatiana, Marie, Anastasia y Alexei), todavía nos parte el corazón.

Recordamos uno de los eventos más amargos que han dejado huella en la historia de la realeza.

Un imperio como ningún otro

La dinastía Románov no se ha parecido a ninguna otra. Quizá por su vasto territorio, el clima feroz, las costumbres o el idioma tan distinto, la Rusia de los zares no tenía un gramo de gentileza; al contrario, fue conocida por su ambición desmedida, conspiraciones de poder y continuas guerras para ocupar territorios cercanos.

Asimismo, por el maltrato de millones de campesinos, en cuyos hombros recaía el fuerte trabajo en los campos, las malas condiciones de trabajo de los obreros y la presencia de zares débiles, gobernantes corruptos y aristócratas con escandalosas vidas privadas.

Siglos de dominio

Los Románov, rodeados de lujo, con cientos de palacios y sirvientes, gobernaron Rusia como zares y emperadores durante 300 años. Y una sola familia de autócratas transformó un reino arruinado en uno de los mayores imperios de la historia que con el tiempo dominó Europa.

Pedro el Grande, fue su mayor reformador político, quien creó (con el estilo europeo que adoraba) la bella ciudad de San Petersburgo (aunque la historia cuenta que era un tirano y un hombre muy cruel). Mientras que la emperatriz Elizabeta fue una mujer fuerte, promiscua y vanidosa, pero una gobernante efectiva, de mano dura.

Y después de ella emergió Catalina la Grande, quien derrocó y mandó a asesinar a su propio marido para tomar el poder; una estadista brillante que junto a una colección de ambiciosos amantes, se mantuvo en el trono por décadas.

Nicolás II, el legendario zar timorato
(Nicolás II y su hijo Alexei. Nicolaevich)

Y con el pasado ‘real’ de la familia a cuestas, en 1894 llegó al poder (con sólo 26 años) el débil zar Nicolás II, junto a su esposa alemana la zarina Alejandra Fiódorovna (de 22 años). No obstante, muy pronto fue obvio que el joven monarca era incapaz de llevar la dramática situación de su país, cometiendo grandes errores políticos sin entender lo que estaba ocurriendo con el pueblo, hasta que fue forzado a abdicar, 23 años más tarde, a la victoria de los bolcheviques el 15 de marzo de 1917.

Nicolás II, quien sólo medía 1.70 m y tenía un carácter discreto (se dejaba dominar por su imperiosa mujer de la que estaba muy enamorado), abdicó y cedió los derechos de sucesión de su hijo Alexei en el verano de 1917; enseguida la familia fue encarcelada en el Alexander Palace, uno de sus muchos palacios, y más tarde llevada a una vieja casa en Ekaterimburgo, en la zona de los Montes Urales.

Allí, tratados con sarcasmo por los guardias, quienes se referían ellos como los “ciudadanos Románov”, vivieron desde el 30 de abril de 1918 hasta que fueron asesinados de manera súbita, junto a sus sirvientes, una madrugada en julio del mismo año.

El encargado del lugar fue quien los ejecutó para evitar su liberación, y es que unos guerrilleros simpatizantes de la monarquía se encontraban combatiendo a los bolcheviques muy cerca de ahí. Sin embargo, una pregunta que siempre quedará al aire es si quizá unos días de diferencia habrían cambiado su trágico destino.

‘Desmenuzando’ la historia

Cuando en 2015, Rusia abrió el caso penal del asesinato de los Románov, los amantes de la realeza sentimos una nueva curiosidad por conocer más sobre ellos (¡y hasta YouTube reportó miles de hits en los videos existentes sobre la familia real!).

Sin embargo, años antes, al descubrirse los restos del clan asesinado (los cadáveres de la gran duquesa Marie y el pequeño Zarevich Alexei fueron hallados en 2007, separados del resto del grupo; con posterioridad todos fueron enterrados en la fortaleza de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo), comenzamos a tejer el relato de su muerte.

Tras la lectura de documentos y notas de su verdugo bolchevique Yákov Mikhailovich Yurovsky, que detallan el asesinato (los tiros y bayonetas atravesaron los cuerpos de Alejandra y sus cuatro jóvenes hijas), e información sobre la disposición de los cuerpos, el mundo se estremeció por lo sucedido. Y aún pienso si las jóvenes grandes duquesas Olga, Tatiana, Marie y Anastasia, criadas como verdaderas princesas, lejos de la realidad, en algún momento se darían cuenta de que su mundo estaba destrozado.

¿Se imaginarían que después de meses en cautiverio y viviendo en el lejano Ekaterimburgo, una noche las llamarían a bajar al sótano y la familia entera sería asesinada a tiros, y con las bayonetas romperían sus corsés, saltando al piso perlas, rubíes y brillantes escondidos en ellos? Un verdadero horror.

Sin alternativas

Simon Sebag Montefiore relata todo ello con detalles y pruebas históricas en su libro Los Románov, igual que aborda el asesinato del monje Rasputín que tanto daño hizo a la familia real con sus mentiras.

(Al centro, Grigori Rasputín. Sus ojos azules y mirada intensa se ganaron a la impresionable zarina Alejandra)

Es triste ver cómo el zar Nicolás II pudo caer en la trampa de pensar que al dejar el Alexander Palace, donde al principio la familia estaba presa, pero viviendo con comodidades, estarían más seguros en la lejanía de Ekaterimburgo.

La situación empeoró cuando Inglaterra y sus primos reales les negaron el asilo político y la posibilidad de irse a vivir allí a pesar de su parentesco. Un acto criticado en todo el mundo y que siempre será una ‘mancha’ en la historia del Reino Unido; por lo que, sin más opciones, Ekaterimburgo parecía el mejor lugar para que los Románov encontraran protección, pero no fue así.

Lo cierto es que, además de mal gobernante, Nicolás II apoyó en silencio el antisemitismo, permitiendo masacres. Y su esposa, también conocida como Alix de Hesse, nieta muy querida de la reina Victoria de Inglaterra, fue una mujer que nunca entendió la democracia ni la necesidad de hacer cambios sociales, además del sufrimiento que la cegó debido a la hemofilia de su pequeño hijo, situación que la orilló a depositar su poder y confianza en el malvado monje Rasputín.

La incapacidad de los Románov para curar al pequeño Alexei de su enfermedad, a pesar de su riqueza y poder, les hizo olvidar que todo se derrumbaba ante sus ojos. Es curioso, pero la terrible enfermedad de Alexei fue herencia genética de su conexión familiar con la reina Victoria de Inglaterra, cuyas hijas y nietas la trasmitieron a muchas coronas de Europa.

De hecho, existen historiadores quienes opinan que la enfermedad del zarevich (quien murió a los 13 años) fue un factor importante en la caída de los Románov. Y es que mitigar el dolor de aquel heredero débil, enloqueció por largo tiempo a sus padres, haciéndoles perder la capacidad de ver con claridad y objetividad lo que sucedía en su nación.

También hay que destacar que la Iglesia ortodoxa rusa, a pesar de las críticas, canonizó los restos de esta familia real una vez que fueron hallados. En aquellos años tuvo lugar un solemne funeral y entierro, aunque no fue sino hasta 2007 que se descubrieron los dos cuerpos restantes. Todos fueron identificados con pruebas de ADN comparadas con el exhumado cadáver del bisabuelo, el zar Alexander Románov.

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