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Lee, a la sombra de su hermana Jackie Kennedy

Detrás del glamour de este dúo, se entretejía una historia de dolor, celos, depresión y alcoholismo

Para el mundo, Jacqueline y Lee Bouvier lo tenían todo: pertenecían a la aristocracia de la costa este estadounidense, fueron criadas en Hammersmith Farm, la fabulosa residencia de su riquísimo padrastro Hugh Auchincloss, y educadas en Miss Porter, la escuela de ?niñas bien? de Connecticut.

Sin embargo, esa vida perfecta escondía, sobre todo en Lee, la más pequeña, una profunda herida: la lejanía de su padre adorado, apartado de sus hijas por su exmujer Janet, una madre fría y distante. Tuvo una niñez solitaria y una sensibilidad a flor de piel. Tales vivencias, compartidas en mayor o menor grado, desarrollaron entre ellas una íntima complicidad y una sutil competencia que persistieron a través de las décadas.

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Jackie y Lee, la tormentosa relación de las hermanas Bouvier

Privilegios y problemas

En la década de los 60, las hermanas Bouvier eran el epítome del gusto, el estilo y la elegancia. Cuando Jackie se convirtió en primera dama, fue la mujer más célebre del planeta. Los ojos del mundo se posaron sobre ella y nunca más la dejaron. Mientras la prensa internacional y la opinión pública escudriñaban con curiosidad cada paso que se dignaba a dar en público (los estrictamente necesarios), Lee hacía su propio camino a la sombra de su hermana, pero bañada por el reflejo de la magia de los Kennedy.

Divorciada de Michael Temple Canfield, un rico heredero estadounidense, en 1959 se casó con el príncipe polaco Stanislaw? ?Stas?? Radziwill, probablemente el gran amor de su vida, con quien tuvo a sus hijos Anthony y Christina.

La vida de la pareja transcurría entre su apartamento londinense y su casa en la campiña inglesa, ambos exquisitamente decorados por el diseñador de interiores de la jet set Renzo Mongiardino. Allí se refugiaba Jackie cuando deseaba alejarse de las presiones de Washington.

Por su parte, los Radziwill eran frecuentes invitados a la Casa Blanca. Las dos familias, con sus hijos de la misma edad eran muy unidas, y John F. Kennedy y Radziwill se llevaban fantásticamente bien.

Fue una época maravillosa que terminó el 22 de noviembre de 1963, cuando asesinaron a John F. Kennedy. Pero el interés del mundo por Jackie nunca cesó. Todo sobre ella llamaba la atención: sus romances, sus viajes, su boda con Aristóteles Onassis, su segunda viudez, su trabajo como editora en Doubleday y su relación con Maurice Templesman. Su enfermedad y su muerte, en 1994, produjeron consternación.

Por su parte, el camino de Lee, a la sombra de Jackie, estuvo lleno de pruebas, proyectos, alegrías y sufrimientos que siempre disimuló tras la elegante sonrisa con la que, aún hoy, enfrenta cada día. En el libro Lee han quedado plasmados los mejores momentos de su vida. Las vacaciones en Skorpios, Ravello y Montauk. Sus años felices con Stanislaw. Las risas compartidas con amigos íntimos como Truman Capote, Rudolph Nureyev y Andy Warhol.

Los instantes inolvidables con Peter Beard, el guapísimo fotógrafo. Las fiestas, los vestidos de alta costura y las fabulosas residencias. Los momentos de despreocupación a bordo del Christina, el yate de Aristóteles Onassis. Pero sobre todo, imágenes de los niños en su infancia y, particularmente, de John y de Anthony, los primos inseparables quienes, por ironías del destino, lo serían también en la muerte (John murió en un accidente de avioneta en julio de 1999; Anthony, de una rara forma de cáncer en agosto de ese mismo año).

Lee no habla de esas muertes ni de las de John y Bob Kennedy, ni de la de su hermana Jackie, ni de la de Stasnislaw o de tantos de sus amigos. ?Cuando era joven pensaba que todo el mundo debía morir a los 70, pero mis amigos más íntimos, como Rudolph o Andy y, en cierta manera, Capote, sin mencionar a la mayor parte de mi familia cercana, nunca llegaron a esa edad?, dijo en el 2013, en una entrevista que salió publicada en Style, de The New York Times.

Tampoco menciona los problemas que empañaron un período de su vida, años insatisfactorios afectados por la enfermedad de su hermana, la relación cada vez más difícil entre ambas y una cierta fricción con sus hijos que la empujaron a la depresión y al alcoholismo, ambos vencidos y erradicados con coraje. Al hablar de Truman Capote, su gran confidente, nunca menciona la disputa que los separó ni como él ?reveló? en la TV los celos ?enfermizos? de Lee hacia su hermana.

No habla de sus frustrados deseos de ser actriz ni de las críticas que recibió al intentarlo ni del fracaso de sus tres matrimonios. Tampoco comenta sobre la devastadora desilusión cuando Aristóteles Onassis ?que ella esperaba pidiera su mano? se obsesionó con Jackie y se casó con ella. Ni de por qué Jackie la olvidó en su testamento.

?A pesar de nuestros diferentes intereses éramos extremadamente unidas y compartíamos las mismas dificultades emocionales de los hijos de padres divorciados?, afirmó Lee con cierta evasiva al periodista Larry King, cuando este intentó interrogarla sobre ese punto.

?Mi peor defecto es ser muy entusiasta y muy impaciente, me canso muy rápido de las cosas y de la gente?, confesó recientemente a un semanario francés en ocasión del lanzamiento del libro. Quizás, por eso, Lee nunca pudo vencer la reputación de diletante que la acompañó a lo largo de su vida.

Una breve etapa como asistente de Diana Vreeland en Harper?s Bazaar, justo antes de su primera boda; una carrera de actriz sumergida bajo las críticas negativas; su propósito de lanzarse como decoradora, que se diluyó al poco tiempo; unos años como encargada de eventos especiales de Armani. Proyectos sin continuidad que encubren su personalidad brillante, su conversación apasionada y apasionante, y sus profundos conocimientos en materia de arquitectura, diseño y arte.

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No es casual que uno de sus recuerdos más preciados sean sus cinco años de correspondencia con Bernard Berenson, célebre historiador de arte (y familiar de la actriz Marisa Berenson), cuando ella era apenas una adolescente y Bernard, el más grande experto en arte renacentista de su época. ?A lo largo de mi vida tuve la oportunidad de conocer a mucha gente importante que me abrió las más extraordinarias puertas emocionales e intelectuales. Bernard Berenson fue el primero?, confiesa en el libro.

En 1998, Lee se casó, por tercera vez, con el director Herbert Ross (Funny Lady, Magnolias de acero), un matrimonio que terminó en divorcio en el 2001. Hoy, Lee Radziwill sigue siendo una mujer hermosa y elegante. A los 82 años, es una figura indispensable en los eventos mundanos y culturales más chic, reparte su tiempo entre Nueva York y París donde vive en la elegante Avenida Montaigne.

Ella suele decir que de todas las residencias que tuvo y decoró, en ninguna se sintió tan a gusto como en su piso parisino. ?Siempre fui una mujer libre, siempre dije e hice lo que quise?, afirma. Lee lleva su vida regida por sus propias reglas, con humor, con ironía, con compostura, guardando rigurosamente su privacidad y sus recuerdos… con excepción de los que decidió compartir en su libro Lee.

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