La noche del 16 al 17 de julio de 1918, en el sótano de la casa Ipátiev en Ekaterimburgo, el zar Nicolás II, la zarina Alejandra y sus cinco hijos fueron ejecutados por los bolcheviques. Sin embargo, en medio del caos de la Revolución Rusa y el hermetismo de la Unión Soviética, el destino final de la familia imperial permaneció envuelto en la penumbra.
Entre las sombras del mito, la idea de que la hija menor, la gran duquesa Anastasia, había logrado escapar con vida encendió la imaginación popular. Un halo de leyenda que cobró fuerza extraordinaria en 1920 con la reaparición en Berlín de una misteriosa joven.
La aparición de Anna Anderson y el nacimiento del mito
Rescatada de un canal berlinés tras un intento de suicidio, la mujer fue ingresada en un hospital psiquiátrico bajo la identidad de Fräulein Unbekannt (señorita desconocida). Tiempo después, afirmó ante médicos y conocidos ser la mismísima Anastasia Romanov, relatando una supuesta y milagrosa huida gracias al auxilio de un soldado ruso.
A pesar de no hablar ruso con fluidez —situación que justificaba por el trauma del atentado—, la mujer, que adoptó el nombre de Anna Anderson, demostró un conocimiento asombroso y minucioso de la etiqueta, las residencias imperiales y las dinámicas internas de la dinastía Romanov.
Su elegancia innata y la cicatriz idéntica a la de la gran duquesa convencieron a varios parientes lejanos y antiguos sirvientes de la corte imperial. Sin embargo, los familiares más cercanos, como la gran duquesa Olga (hermana de Nicolás II), la rechazaron tras un tenso encuentro. El caso dio pie a la batalla legal por el reconocimiento de identidad más larga en la historia de los tribunales alemanes.
Las fosas de Ekaterimburgo y el fallo de la ciencia
El misterio que resistió juicios, libros y adaptaciones cinematográficas encontró su desenlace definitivo con el avance de la genética forense a finales del siglo XX.
En 1991, tras la caída de la Unión Soviética, se desenterraron los restos mortales de la familia imperial en un bosque cercano a Ekaterimburgo. Los análisis iniciales de ADN confirmaron la identidad de la pareja imperial y de tres de sus hijas, pero faltaban los cuerpos de dos de los descendientes (el zarevich Alexéi y una de las hermanas), lo que reavivó temporalmente la teoría de la supervivencia.
La prueba definitiva: ¿Quién era realmente Anna Anderson?
Anna Anderson falleció en Estados Unidos en 1984 bajo el nombre de Anna Manahan, siendo incinerada. Sin embargo, años atrás, se le había realizado una intervención quirúrgica en un hospital de Charlottesville, Virginia, donde se conservó en parafina una muestra de su tejido intestinal.
En 1994, genetistas del Forensic Science Service del Reino Unido y de la Universidad de Pensilvania lograron extraer ADN mitocondrial de dicha muestra biológica. El resultado fue inequívoco:
1. Sin vínculo con la corona: El ADN de Anna Anderson no guardaba ninguna relación genética con la línea biológica de la zarina Alejandra ni con los restos confirmados de los Romanov (cuyo perfil se cotejó con muestras de sangre del príncipe Felipe, duque de Edimburgo, pariente materno directo de la zarina).
2. La verdadera identidad: El perfil genético de Anderson coincidió al 100% con los descendientes de Franziska Schanzkowska, una obrera polaca con historial de inestabilidad mental que había desaparecido de una fábrica de Berlín poco antes de que la misteriosa mujer fuera rescatada del río Spree.
Finalmente, en 2007, la localización de la segunda fosa en Ekaterimburgo con los restos faltantes de Alexéi y su hermana (identificada como María o Anastasia mediante análisis genéticos de alta precisión) cerró de forma categórica el expediente. Ninguno de los hijos de Nicolás II sobrevivió a aquella trágica noche de 1918.
El caso de Anna Anderson permanece como el mayor fraude de identidad del siglo pasado: el testimonio del profundo anhelo colectivo por preservar con vida la belleza y el trágico romance de la corte imperial rusa.