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Diana Spencer, la niña que revolucionaría a los royals

Nacer entre pañales de seda no siempre es garantía de felicidad, eso lo supo la pequeña Diana Frances Spencer tan pronto como llegó al mundo.

La pareja conformada por el conde de Althorp John Spencer y su esposa Frances Ruth Burke Roche deseaba con ansías tener un hijo varón, no solo para preservar el apellido, sino también porque la condición de nobles lo exigía. Los dos primeros embarazos les habían dejado a dos niñas, Sarah y Jane, el tercero fue un niño que llevó el nombre de John, quien solo vivió un breve tiempo debido a las malformaciones con las que había nacido.

Lo anterior explicaba la razón por la que el cuarto embarazo de Frances era esperado con especial entusiasmo.

Así, el primero de julio de 1961, con cuatro kilos de peso llegó al mundo Diana y con ella, una gran decepción para toda la familia, ya que una vez más era una mujer la que nacía. No obstante, para su padre fue un gran motivo de orgullo, pensaba que la pequeña era perfecta físicamente, aunque no supieran ni cómo llamarla, hasta que decidieron que llevaría el nombre de Diana, en honor a uno de sus antepasados y Frances, igual que su madre.

Un mundo de diferencias

Si en ese tiempo se hubiera sabido que al momento de concebir un hijo, es el padre quien determina su sexo, la joven Frances se hubiera quitado de encima el escrutinio de su familia extensa, quienes la culpaban de no poder dar a luz un varón. Pero la humillación llegó más allá, pues además la hicieron que se sometiera a una serie de estudios y tratamientos, según ellos, para explicar las razones de su supuesta incapacidad.

Tuvieron que pasar tres años más para que por fin, el sueño se convirtiera en realidad y un heredero llegara a sumarse, se trataba de Charles quien desde su nacimiento fue recibido con verdadera distinción: su bautizo se realizó en la Abadía de Westminster y su madrina fue la reina Isabel I. Sobra decir que la ceremonia de Diana se celebró sin tanta pompa en la iglesia de Sandringham y sus padrinos no pertenecían a la realeza, pero sí formaban parte de la aristocracia.

No hay que adivinar que a partir de entonces, la atención de los Spencer estaría puesta en Charles, quien también se había convertido en el heredero principal de la fortuna familiar y, que dicho sea de paso, ni aun en la adultez estuvo dispuesto a compartir con sus hermanas, específicamente con Diana.

Con su llegada, la pequeña pasó a un segundo plano, perdió por completo la atención que en algún momento pudo haber tenido. Eso motivó que su relación con Charles nunca fue cercana ni cariñosa, a pesar de que ambos pasaron su infancia prácticamente juntos, pero sin establecer un lazo de afecto.

Su papel en la familia

Durante su primera infancia, Diana veía poco a su parentela, cuando nació, sus hermanas Sarah y Jane tenían seis y cuatro años, respectivamente, a esa edad ambas ya recibían educación escolar con maestros particulares, así como también desarrollaban sus habilidades deportivas y artísticas; esto hacía que fueran escasos los espacios que tenían para jugar y divertirse juntas, algo que sí tuvo oportunidad de hacer con el menor, gracias a la corta diferencia de edad.

En el ambiente de la aristocracia, al menos en aquella época, la convivencia entre padres e hijos era prácticamente nula, pues dejaban a los chicos al cuidado del personal de servicio y de las nanas. Ni siquiera la hora de tomar los alimentos era un punto de reunión, dado que los pequeños no podían sentarse a la mesa con los adultos hasta cumplir los siete años y esto no fue diferente para Diana y sus hermanos,

Según la autora Marcela Altamirano, autora del libro Diana, princesa de Gales, al momento en que tuvo edad para integrarse con sus hermanas y poder compartir los horarios matutinos de estudio, ellas estaban listas para irse a un exclusivo internado para señoritas. Era solo en los periodos vacacionales en los que los niños Spencer pasaban más tiempo juntos.

La casa de Park House donde crecieron, relata la autora, fue concedida por el rey Jorge V al abuelo materno de Diana, Maurice Fermoy, y era un lugar majestuoso, rodeado de áreas verdes. Ahí, a la edad de tres años, empezó a aprender a montar a caballo y esa actividad despertó en ella el amor por los animales, tenía innumerables mascotas y cuando llegaban a morir, les organizaba una ceremonia de despedida, sepultándolos bajo alguno de los múltiples árboles que había. Este lugar guarda los momentos más felices de su vida, ahí donde se divirtió con sus hermanos y disfrutó de una familia, algo que para ella siempre fue sumamente importante.

Llegan nuevos aires

Un cambio drástico estaba por llegar a la vida de los Spencer, cuando Diana apenas había cumplido seis años, sus hermanas Sarah y Jane partieron al colegio West Heath Kent a continuar con sus estudios, y pareció que sus padres hubieran esperado ese momento para manifestar el disgusto de estar juntos.

Al parecer todo empezó cuando Frances conoció a Peter Shand Kydd, un próspero comerciante, casado y padre de tres hijos, quien hacía negocios con los Fermoy. Habían compartido unas vacaciones en Suiza y al regreso el humor de la madre de Diana cambió radicalmente, se mostraba molesta, inconforme y dispuesta a discutir a la menor provocación con su esposo. El cambio tenía una explicación: estaba enamorada de Peter Shand, que luego de esa temporada de descanso compartida, abandonó a su familia para iniciar con ella una relación extramarital.

La tensa situación no daba para más, y muy pronto el conde John Spencer y Frances Fermoy anunciaron su divorcio, causando un total descontrol en sus hijos menores, pues si bien no se puede decir que a Sarah y a Jane no les afectaba, lo cierto es que ellas estaban alejadas de todos los conflictos que sí vivieron en carne propia Diana y Charles.

La separación se dio en un ambiente de tensión y conflicto en el que, como suele ocurrir, los niños fueron tomados como rehenes por sus padres para así alcanzar cada uno sus intereses. Frances pidió legalmente la tutela de sus hijos pero no le fue concedida, pues John tenía títulos nobiliarios que le daban la ventaja de conservarlos a su lado.

A partir de entonces el mundo de la pequeña Di, se vino abajo, los adultos no cooperaban para hacer fluir la convivencia. Diana recordaba de esa época: ?Mis padres estaban siempre ocupados discutiendo entre ellos. Recuerdo que mi madre lloraba y papá nunca nos decía nada sobre eso. Tampoco podíamos hacer ningún tipo de preguntas. Había demasiadas niñeras y todo un ambiente inestable?.

Lo más valioso de su personalidad era su generosidad y su incansable necesidad de velar por los demás. Sarah, su hermana favorita daba testimonio de ello y recordaba que cuando terminó sus estudios y volvió a casa, Diana se encargó de darle la bienvenida, de acomodar su equipaje y prepararle el baño, para hacerla sentir nuevamente en su hogar.

Aun con sus padres separados se encargó de velar por ellos y por su propio hermano, buscaba su bienestar y cuando iban al modesto departamento al que su madre se había mudado después del divorcio, se convertía realmente en todo un apoyo para ella, quien lloraba inconsolablemente porque en unos días sus hijos volverían al lado de su padre.

Siempre amó ayudar a quienes tenía alrededor, sin importar qué les acongojara, era amable, dulce y siempre dispuesta a hacerle más feliz la vida a los demás. Esa era su gran virtud, algo muy natural, al grado que en el colegio West Heath donde asistió al igual que sus hermanas, recibió un reconocimiento a su vocación de servicio, la Copa Legatt, que tanto enorgulleció a su abuela paterna. Más allá de la trascendencia del premio, Diana encontró por fin algo que la hacía sentir plena y que además lograba hacer muy bien y de manera sencilla.

Un nuevo hogar

Con la muerte de su abuelo paterno Jack recibieron como parte de la herencia la majestuosa mansión de Althorp, que era casi un museo por los elementos de decoración antiguos y valiosos que alojaba, pero que a los niños Spencer les causaba pavor.

Al respecto, su hermano Charles diría en una ocasión: ?Era como una galería de ancianos con millones de relojes que nos mostraban el paso del tiempo. Para una niña fácil de sugestionar -refiriéndose a Diana-, ese lugar no hacía más que provocarle pesadillas. Nunca nos gustó ir de visita ahí?.

Era todo el ambiente que rodeaba lo que les causaba rechazo: el mobiliario, la oscuridad y los recuerdos de la mala relación que había existido entre John Spencer y el abuelo Jack, quienes pasaban largos periodos sin hablarse, y si llegaban a hacerlo, era para agredirse. El carácter agrio de su abuelo causó que Diana lo viera con temor, no así a su abuela, a quien describía así: ?Era dulce, maravillosa y muy especial… divina?.

En su niñez había llegado el momento de abandonar la casa de Park House que la había visto crecer, para trasladarse a ese tétrico lugar que despertaría sus miedos y que sería también el escenario de su arribo a una nueva etapa de su vida.

Sus antepasados

? Los Spencer amasaron una gran fortuna en el siglo XV, ya que poseían uno de los criaderos de ovejas más grande de Europa. Debido a ello el rey Carlos I les dio la distinción de Nobles.

? El lema de su familia paterna era: ?Que Dios defienda lo que es justo?.

? Sus antepasados siempre estuvieron cerca de la realeza ocupando distintos cargos importantes como consejeros de la Corona, embajadores y su abuela paterna, la condesa Spencer fue dama de cámara de la reina Isabel, al igual que lo hizo su abuela materna Lady Fermoy, hasta el día en que murió.

? Su familia también tenía lazos sanguíneos con el expresidente de Estados

? El impresentable era Al Capone, con quien se dice también tenían vínculos.

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