Hablar de la familia Romanov es sinónimo de envolverse en un mundo de misticismo trágico, especialmente cuando hablamos del final de la familia del zar Nicolás y su familia. Sin embargo, entre las sombras de la Revolución Rusa y el destino de una de las familias más importantes de Europa, la figura de la Gran Duquesa Olga Aleksándrovna, la hermana menor del último zar.
La vida de la duquesa es una de las más curiosas dentro de la dinastía; a pesar de haber crecido rodeada de lujos y riquezas, encontró paz en sus últimos días en la pintura.
Sobreviviente de un imperio que había reinado durante 300 años, su fortaleza y espíritu la distinguieron de otros patinetes de la realeza. Mientras muchos se aferraron a los protocolos del pasado, la princesa Olga de Rusia se convirtió en la gran sorpresa de la aristocracia, siendo el último eslabón vivo de una era que vio su ocaso en 1917.
¿Quién fue la gran duquesa Olga?
Nacida en 1882, en el palacio de Peterhof, Olga fue la hija menor del zar Alejandro III y la emperatriz María Fiódorovna. Aunque la princesa nació en cuna de oro, dentro de una corte de bastante opulencia, ella siempre mostró una inclinación y fascinación por una vida sencilla.
Diversos biógrafos y expertos en realeza han llegado a recordar que la duquesa disfrutaba de la compañía del personal del palacio, un vínculo que la ayudó a mantenerse “cuerda” después de que el mundo que conocía se desmoronase.
Olga fue esposa del duque Pedro de Oldemburgo; sin embargo, esta unión la llevó a experimentar una profunda infelicidad. A pesar de pertenecer a una época en la que las mujeres parecían no tener una opinión propia, Olga apostó por luchar por su libertad, logrando, finalmente, tras años de espera, casarse con quien fuera descrito como el amor de su vida, un oficial de caballería llamado Nicolai Kulikovsky.
Para muchos, este matrimonio “morganático” fue algo no muy bien visto; sin embargo, para otros, esta decisión la prepararía para el exilio que le depararía en el futuro.
La duquesa logra escapar de la revolución
Al estallar la Revolución Rusa y con ella, aumentar el poder de los bolcheviques, la familia Romanov estuvo en peligro. Mientras su hermano Nicolás II y su familia eran ejecutados en Ekaterimburgo, Olga, su madre y su esposo se encontraban bajo vigilancia en Crimea. Gracias a la intervención de su primo, el rey Jorge V, la duquesa logró escapar de Rusia en 1919 a bordo de buques británicos en un viaje que la alejaría de su vida, sus riquezas y su nación.
A diferencia de otros miembros exiliados de la familia, Olga no rescató joyas para poder vivir a costa de ellas, sino que se adaptó a una vida en la que el trabajo y el esfuerzo fueron parte de su día a día.
Dinamarca, pronto, se convirtió en su nuevo hogar; fue en este lugar donde encontró en la pintura y las labores del hogar un refugio. La acuarela se convirtió en su medio de subsistencia; no solo vendió sus pinturas para sobrevivir, pues con ellas también ayudó a otros refugiados rusos.
Canadá, su último refugio y el hogar en el que encontró paz
Luego de la Segunda Guerra Mundial, y con el miedo latente de que la Unión Soviética solicitara su extradición, Olga y su familia tomaron la decisión de cruzar el Atlántico. Ontario, Canadá, le dio la bienvenida y allí, en una vieja granja, la Gran Duquesa, ahora conocida como “Mrs. Kulikobvsky”, pasó sus días cocinando, cuidando de sus hijos y pintando paisajes de su natal Rusia.
Aunque la princesa decidió vivir una vida tranquila y en el anonimato, la reina Isabel II y el príncipe Felipe jamás olvidaron su origen real, visitando a Olga en diversas ocasiones e invitándola a viajes oficiales.
La última sobreviviente de la familia imperial, nacida en el Palacio de Invierno, murió en 1960 en un apartamento en Toronto dejando un gran legado, sí por su linaje y sangre real, pero también por la forma en la que afrontó las circunstancias de su vida.
La vida de la princesa Olga de Rusia aún llena de fascinación a más de uno gracias a la capacidad de la gran duquesa de adaptarse a una vida normal luego de la adversidad. Ella sobrevivió a la caída de los Romanov, y aunque no hubo una sobrina que corriera a su encuentro, la princesa logró trascender y con ella la historia del legado de su familia.