Hay un momento (normalmente frente al espejo) en el que te preguntas si tu color de pelo sigue hablando de ti. No es una crisis, es más bien una curiosidad. A partir de los 50, muchas empezamos a buscar algo distinto; más luz, menos rigidez y cero ganas de vernos “disfrazadas”.
No se trata de borrar años, sino de acompañarlos con un tono que te favorezca y te haga sentir cómoda. Estos tres colores funcionan porque iluminan el rostro, suavizan la expresión, mientras se ven naturales.
1. Castaño claro que no se ve pesado
El castaño oscuro puede endurecer, sobre todo cuando es muy uniforme, en cambio, llevarlo un poco más claro y con matices suaves cambia todo. El rostro se ve más relajado, más fresco, menos “serio”.
Los reflejos cálidos, muy discretos, ayudan a que el tono tenga movimiento y no se vea plano. Es ideal si no quieres un cambio radical, pero sí algo que se note cuando te ves con buena luz o sin maquillaje.
2. Rubio beige, el que no grita
Si el rubio te llama, pero no te ves con algo muy claro, este es el punto medio perfecto. El rubio beige ilumina sin exagerar, no amarillea y no apaga la piel. Es ese tono que hace que te pregunten si dormiste mejor o si cambiaste algo… sin que sepan exactamente qué. Funciona muy bien cuando buscas verte más descansada y elegante al mismo tiempo, además, combina con todo.
3. Cobrizo suave para darle vida al rostro
Los tonos cálidos tienen algo especial: dan efecto buena cara inmediato, el cobrizo suave (más canela que rojo) aporta luz y personalidad sin ser protagonista. No roba atención, la acompaña. Es una opción bonita si sientes que tu look necesita calor, sobre todo si tu piel se ve un poco apagada con tonos fríos.
Un tinte bien elegido no busca rejuvenecer a la fuerza. ¡Busca armonía! Que el rostro se vea más luminoso, que las facciones se suavicen y que tú te reconozcas cuando te mires, a partir de los 50, eso es lo que realmente importa.