Cuando pensamos en la realeza británica, es fácil imaginar garajes llenos de autos imposibles. Pero en el caso de Prince William y Kate Middleton, la realidad es bastante más aterrizada: sí hay lujo, pero también muchos vehículos prácticos y familiares.
Una colección real… pero muy cotidiana
A lo largo de los años, los príncipes de Gales han sido vistos conduciendo autos que cualquiera podría reconocer en la calle. Uno de los más comentados es el Volkswagen Golf, un modelo compacto y popular en Europa que Kate utilizó antes de formar parte de la familia real.
También es común verlos en SUVs de Land Rover, especialmente el Range Rover, ideal para su día a día familiar con sus hijos. Estos vehículos destacan por su comodidad, seguridad y capacidad para trayectos largos o rurales, algo muy alineado con su estilo de vida.
Por otro lado, Prince William ha mostrado afinidad por la marca Audi, siendo visto en distintos modelos de la firma, que combinan elegancia con funcionalidad.
Del auto familiar al ícono real
Claro, también hay espacio para lo icónico. Uno de los momentos más recordados fue después de su boda, cuando la pareja apareció en un Aston Martin DB6, un convertible clásico que se convirtió en símbolo de ese día.
Este auto, además, tiene un valor especial: pertenece a la familia real desde hace décadas, lo que lo convierte en una pieza histórica más que en un simple vehículo.
Modernidad y sostenibilidad en su garaje
En años recientes, la pareja también ha dado señales de adaptarse a nuevas tendencias, incluyendo el uso de autos eléctricos como el Audi RS e-tron GT. Esta elección refleja un interés por opciones más sostenibles, algo que coincide con las causas ambientales que apoyan públicamente.
Entre protocolo y vida real
En eventos oficiales, es habitual verlos en autos de alta gama y máxima seguridad, como modelos de Bentley o Jaguar, diseñados para cumplir con estrictos protocolos.
Lo más interesante de su colección no es el lujo, el Prince William y Kate Middleton combinan lo práctico con lo icónico, demostrando que incluso dentro de la realeza hay espacio para decisiones cotidianas.